Eterna Juventud

viejo
¿Cuándo nos convertimos en “personas mayores”?

Una  soleada mañana , de camino al trabajo, te cruzas con un par de adolescentes con los ojos clavados en sus móviles. Le prestan tanta atención que a punto están de chocar contra ti. Uno de ellos, el más espabilado, avisa a su colega antes de que lleguéis a impactar y dice: Cuidado, capullo, que te la das contra el señor.

Te quedas con cara de imbécil al escuchar semejante barbaridad. ¿Señor? ¿Se estará refiriendo a ti? Imposible. Cuando quieres soltar una réplica ya es tarde. Se han esfumado y te quedas con un hastío imborrable el resto del día.

¿Señor yo? Ni de coña. Si solo tengo… Es con esa frase con la que te paras a pensar. Solo tengo. Unos adolescentes te acaban de propinar un golpe de realidad en un segundo en el que te dices que a lo mejor no eres tan mayor, son ellos los jóvenes. Las dos respuestas son válidas pero, seamos realistas, ellos se ven como lo que son, adolescentes en plena pubertad mientras tú te encuentras de camino a los cuarenta.

Cuando uno se mira al espejo no te ves tan mayor. Para nada. Te ves espléndido y, sin duda, no aparentas la edad que tienes. La crema facial con la que te embadurnas la cara antes de irte a dormir cumple su cometido y, si bien no pasarías por un veinteañero al que aún le piden el carnet en la discoteca, podrías pasar por uno de veintilargos. Claro, solo como estás ante el espejo, sin nadie a tu lado con el que compararte, puedes engañarte un día más.

La realidad es diferente. Puede que llevemos bien el paso del tiempo y que aparentemos unos pocos años menos, pero no te engañes, somos lo que somos. Si tienes treinta, tienes treinta, no hay vuelta de hoja. Por supuesto, en la vida siempre hay excepciones y puedes llegar a cruzarte con gente que parece mucho más joven de lo que es en realidad, pero es algo extraño de ver. Créeme, lo más probable es que tú no seas uno de ellos. Bien mirado, aun siéndolo, puede que de puertas para afuera parezcas un chaval, pero tu cuerpo no piensa lo mismo.

Hablemos por ejemplo de la resaca después de una noche movidita. Con veinte años, salías el jueves, el viernes, el sábado e incluso, si te llegaba el dinero, el domingo. ¿Resaca? La resaca son los padres. Era algo de lo que habías oído hablar a los mayores pero que nunca habías sentido en tus carnes. Por supuesto, joven y con neuronas novísimas que quemar podías vivir en una fiesta etílica sin fin. Cuando te haces mayor, más concretamente con treinta y pico, la resaca es tu peor pesadilla.

resaca
El alcohol y los años. Mala combinación.

No hace falta emborracharse hasta ir a gatas para despertar con ella.  A veces, el solo hecho de tomar una o dos cervezas más de las aconsejables provoca el mismo efecto. Sientes una constante palpitación en las sienes como si la broca de un taladro intentara perforarte el cráneo y la boca seca como la suela de tus zapatillas. Eso te recuerda la edad que de verdad tienes. Bebes como un adolescente pero pagas el precio como un adulto. Decir que, en ese estado, no sirves para nada y te pasas el día siguiente tirado en el sofá como un zombi que se alimenta de ibuprofenos. Y da gracias por no tener que ir a trabajar en ese estado tan lamentable,  porque de ser así, la resaca se incrementa exponencialmente.

¿Cuándo se deja de ser joven y se pasa a ser adulto? La contestación la encontrarás en tu interior, pero mejor no la busques el día después de una juerga, puede no gustarte la respuesta.

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