La sombra prófuga

¿Sigues teniendo la sombra pegada a los talones?

Al despertar descubro que he perdido mi sombra. Siento una soledad tan profunda que ni siquiera me doy cuenta de que estoy llorando. Siempre di por hecho que estaría a mi lado como un compañero fiel. Pero se ha marchado sin ni siquiera despedirse.

Mi estómago ruge y caigo en la cuenta de que hace días que no como. Entro en el primer supermercado que veo y cojo un bocadillo de jamón de la nevera del fondo. Al principio recibo miradas de curiosidad por parte de los clientes, que pronto se transforman en desprecio. Después dejan de mirarme y me ignoran. Camino entre ellos en busca de un refresco, como un fantasma. Abro la puerta de la nevera y me hago con una Coca Cola. Tengo que hacerme a un lado para esquivar a un hombre que intenta pasar a través de mí para coger otra. Estoy sediento, no puedo esperar a salir a la calle para bebérmela. Me siento extraño cuando le doy el primer trago, no sabe a nada. Recuerdo muy bien el sabor de la Coca Cola y aquello no se le parece en absoluto. Una mujer con un carro de bebé está a punto de tirarme al suelo cuando pasa a mi lado sin verme.

Salgo a la calle, recluido en mis pensamientos y sin rumbo. Percibo las miradas de las personas con las que me cruzo. Me miran porque soy diferente. Tal vez sea por cómo voy vestido. Debería haberme quitado el pijama antes de salir. Ya da igual. Me miran por ser diferente y tienen razón. Puede que no sepan porqué, pero intuyen que algo no va bien. Soy diferente a ellos porque mi cuerpo no despide una sombra cuando el sol me da en la espalda, por no tener un cuerpo opaco y por caminar por la calle en pijama. Soy diferente a ellos porque todo eso ha dejado de importarme.

Me dispongo a pasar por caja. Las luces blancas y cegadoras, el sonido de las cajas registradoras, el murmullo de la gente cuando sienten que paso por su lado. Es todo tan enfermizo. Hay dos personas delante de mí, me planto tras ellas y espero mi turno con la vista clavada en la horrible chaqueta gris del que tengo delante. Nadie me mira ni de reojo. Llega la hora de pagar me doy cuenta de que no llevo dinero. Cuando empiezo a alarmarme, una señora pasa ante mí y coloca su cesta de la compra sobre la cinta transportadora. Intento decirle que se ha colado, que me toca a mí, pero no parece que vaya a escucharme. Para empeorar las cosas, un par de niños con las manos llenas de chucherías también me pasan por delante riendo entre ellos, como si yo no existiera. Lo malo es que no se ríen de mí, creo que ni siquiera han percibido mi presencia.

Cuando me superan un tercero y cuarto cliente decido marcharme por donde he venido. Pienso en dejar el bocadillo y la insípida Coca Cola pero supongo que a nadie le importará si me los llevo. Cuando paso junto a las alarmas estas permanecen en silencio. Ni para ellas existo.

Extraigo el bocadillo de su envoltorio y le doy un mordisco. Lo escupo en cuanto empiezo a masticarlo. Sabe a arena. Mis ojos ven un buen bocadillo, con jamón rosado y pan blanco, pero mis papilas gustativas se niegan a saborearlo. Lo tiro en una papelera junto a la Coca Cola casi llena.

Observo las sombras de los transeúntes, tan lustrosas y genuinas. Ellos se saludan con un asentimiento cuando se ven, y se dedican sonrisas mientras sus sombras oscilan bajo sus pies. Sí, se ven entre ellos, soy yo el que parece no estar allí. Como si no perteneciéramos al mismo mundo.

Tal vez sea así y yo haya dejado de existir. O tal vez no le importe a nadie más que a mí. No, tampoco me importa a mí. Siento que me hago transparente, que mi cuerpo podría fundirse junto con la polución de esta ciudad tan gris. Me siento ligero, como si pudiera volar. No tener sombra me hace sentir libre y a la vez esclavo de mi existencia. Me hago a la idea de que sin ella pasaré el resto de mis días solo. Es doloroso pensarlo. No lo soportaré, lo sé. No estando tan solo.

De regreso a casa pienso en mi madre, en que tampoco está para escucharme. Fue la primera en perder la sombra una triste mañana de otoño. Ahora es mi turno, pronto me reuniré con ella. Solo pienso en volver a verla una vez más.

Nada queda para mí en este lugar.

Dicen que estoy enfermo, y que debo medicarme. Pero lo único que hacen las pastillas es dejarme atontado, cansado, vago. Me trago muchas más de las permitidas. Estoy exhausto. Tumbado en la cama, cierro los ojos y desaparezco como si nunca hubiera existido. Siento un profundo acto de reciprocidad: Pierdo al mundo de vista y el mundo me pierde de vista a mí. Creo que a nadie le importará cuando me haya ido.

Ni siquiera a mí.

¿Quieres leer otro relato?

2 pensamientos en “La sombra prófuga

  1. Cientos de personas deambulan por esta ciudad con la sombra cambiada. Dicen ser quienes no son y su sombra, confundida, les abandona. Pero cuando pierdes tu sombra ya no hay nada que hacer, sin sombra la sociedad te consume, te devora y te vuelve un ser efímero cuyo único legado será un montón de escoria. Sin duda, el suicidio es el mejor final. Yo pienso en ello muy a menudo y me giro a ver si mi sombra me sigue, y espero el momento adecuado para lanzarme al tranvía, para por una vez ser yo el que abandone a su sombra. Lo conseguiré? …

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s