Alma Gemela

Un alma gemela es alguien que comparte una afinidad profunda y natural con otra persona en el campo afectivo, amistoso, amoroso, sexual o espiritual. Este concepto da a entender que ambas personas son las mitades de una alma y que éstas deben encontrarse.

infifnito
El bucle infinito.

El anuncio del periódico me pareció tan excitante que no pude evitar llamar. No soy una persona impulsiva pero algo en mi fuero interno me dijo que debía hacerlo. Conoce a tu alma gemela, decía en letras en negritas a pie de página. Quizá llamé por el aburrimiento del matrimonio o tal vez por simple curiosidad, el caso es que cogí el teléfono y marqué el número del anuncio. Hablé con una chica de voz sedosa que me dio una hora y un lugar al que debía acudir al día siguiente.

Me personé en la planta doce de un edificio del centro a la hora señalada y me encontré en medio de un pasillo pobremente iluminado. Me acerqué a la mesa donde un joven recepcionista atendía una llamada y esperé. Cuando colgó el teléfono, me dijo muy amablemente que pasara a la sala de espera sin preguntarme el nombre. Me pareció un poco raro pero la seguí de todas formas. Entré en una pequeña sala donde tres personas más aguardaban su turno. Me senté en una butaca de color naranja y esperé junto a los demás en completo silencio. Observé que ninguno se miraba entre sí, todos mantenían la vista en el suelo o en algún punto perdido de la habitación. Entendí que, en el fondo, estar ahí esa mañana para conocer a tu alma gemela podía ser un poco vergonzoso. Nunca había hecho algo parecido y me paré a pensar que nadie me había explicado en qué consistía todo aquello. Cuando me dispuse a preguntar al hombre que se sentaba a mi derecha, la puerta se abrió y la joven recepcionista me llamó por mi nombre. Me puse en pie y fui tras ella.

Caminamos por el largo pasillo, dejando una docena de puertas a los lados, hasta que nos detuvimos ante la número catorce. Ella se limitó a abrir la puerta y darme paso con una sonrisa. No me hice de rogar y pasé al interior.

Dos cosas llamaron mi atención cuando me encontré con la persona de la habitación. La primera es que era un hombre, y la segunda, la más importante, es que era igual que yo. No es que se me pareciera, es que compartíamos rostro. Al contrario que yo, él no pareció sorprenderse, más bien al contrario. Me dio la bienvenida con una sonrisa sincera y se sentó en uno de los dos sofás que adornaban la habitación dando a entender que el otro era para mí. Una vez tomé asiento no supe que decir. Era como verme reflejado en un espejo. Sin perder la sonrisa, empezó a hablar sobre él y yo atendí como si no hubiese nada más importante que sus palabras.

Poco o nada tenía que ver con la persona que yo había imaginado encontrarme. Era mejor aún. Como si hablara conmigo mismo, como si mi alma se hubiera desdoblado y pudiera conversar con ella de tú a tú. A grandes rasgos, ese hombre hablaba, se movía y actuaba como yo, con la salvedad de que sus palabras sonaban mucho más enérgicas y denotaban la seguridad de la que yo carecía. No sé cuánto tiempo pasamos hablando, pero llegó un momento en el que el hombre se despidió y salió por la puerta. Me dirigí a la mesa de la joven decidido a concertar otra cita. Me dieron hora para el día siguiente.

Una vez en casa no pude dejar de pensar en lo sucedido. Me sentía pletórico, como no me había sentido en años. Mi mujer llegó a casa unas horas después y preguntó por mi día. Le conteste que bien y cambié de tema. No pretendía confesarle aún lo de mi alma gemela. Cenamos y nos fuimos a dormir después de darnos las buenas noches de manera distante y fría. Me costó conciliar el sueño, mi mente vagaba de nuevo en aquella habitación, riendo a carcajadas con él.

La vez siguiente fue mucho mejor que la anterior. En esta ocasión me tocó hablar a mí. Sentí que le importaba todo lo que yo tuviera que decir. No es que lo aparentase, yo sabía con certeza que así era, podía sentirlo. Su sonrisa era tan radiante que me impregnaba con su júbilo. Aquel hombre era todo lo que yo quería ser y todo lo que yo no era. Nuestras citas empezaron a ser frecuentes y empecé a ausentarme de casa demasiado como para no levantar sospechas. En efecto, mi mujer empezó a sospechar que tuviera una amante. Notaba su mirada suspicaz preñada de celos durante la cena. Reflexioné sobre si contárselo o no y me decante por hacerlo. Al fin y al cabo, no le hacía daño a nadie, no le estaba poniendo los cuernos con otra, eso seguro. Le expliqué que había conocido a alguien que le había dado un vuelco a mi vida. Que me había otorgado algo más auténtico que el sexo o que el amor, que estaba más allá de todo eso. No podía describirlo con palabras.

Le expliqué que la próxima vez que fuera a ver a mi alma gemela, la llevaría conmigo y así se conocerían. Mi mujer me miró como si estuviera loco de remate, pero no me importó. Desde que empezaron mis reuniones , dejó de importarme lo que los demás pensaran de mí. Antes de presentarme con ella, fui a verlo para pedirle permiso. No creí que pasara nada porque llevara a mi mujer pero quise preguntarle por si acaso. Cuando llegué a la planta doce, el corazón me dio un vuelco al verla abandonada. La mesa de la recepcionista había desparecido y una capa de polvo blancuzco cubría el suelo como una alfombra. Caminé por el pasillo, con los nervios a flor de piel, hasta la puerta catorce. Cuando la abrí me encontré con una habitación completamente desnuda, sin mobiliario alguno y con la misma capa de suciedad cubriendo el suelo y las paredes. No me pareció que se hubieran ido con prisas, más bien parecía que allí no había entrado nadie en años. Algo imposible, me dije, ayer mismo estuve aquí. Abrí todas las puertas del pasillo en busca de alguna pista pero todas las habitaciones lucían el mismo aspecto. ¿Podría ser que mi mente me hubiera jugado una mala pasada y mis terapias con él fueran los delirios de un loco? Imposible. Llevaba viniendo asiduamente durante un mes entero, no era posible que mi cerebro se lo hubiera inventado con tal precisión de detalles.

Corrí de vuelta a casa, decepcionado, nervioso, aterrorizado. No lograba pensar con claridad. ¿Y si de verdad me estaba volviendo loco y mi alma gemela nunca existió? Empezaba a echarlo de menos.

Quizá fuera el aire enrarecido, quizá fueran solo imaginaciones, pero, cuando puse un pie en casa supe que algo no iba bien. Mi mujer hacía horas que tendría que haber llegado de trabajar, pero no la encontré en el comedor. Me dirigí a la habitación principal con una dolorosa sospecha clavada en el pecho. Cuando abrí la puerta encontré a mi mujer sentada en la cama y completamente desnuda con el sudor cubriendo su pálida piel. Mi alma gemela me miraba de pie al lado de la ventana, también desnudo, con una amplia sonrisa en el rostro. Lo miré a él y después a ella. Lejos de sorprenderse, mi mujer sonreía y me miraba con ojos cariñosos. La rabia me consumía por momentos. Así que estabas aquí, le dije a él, ¿cómo has podido hacerme esto? Pensaba que eramos almas gemelas, que nos lo contábamos todo y aprendíamos el uno del otro. Ella me preguntaba que con quién hablaba pero no le presté atención. Los dos pretendían volverme loco, no me cabía la menor duda. Él no hablaba, se limitaba a observarme desde la otra punta de la habitación sin dejar de sonreír.

¿Cómo sería verse a uno mismo?

De pronto me encontraba en el dormitorio asiendo un cuchillo. Ella imploró que lo soltara, que no sabía qué estaba ocurriendo. Tampoco le hice caso. La acuchillé seis veces en el abdomen ante la atenta mirada de mi alma gemela, que ni siquiera se inmiscuyó mientras la asesinaba. Su sangre tibia me empapaba la camisa y manchaba mis manos mientras hundía el cuchillo en su carne. Una vez dejó de moverse, me volví hacia él. Nos quedamos mirando unos segundos en completo silencio. Sonreía. Aquel malnacido no dejaba de sonreír y me di cuenta que yo también lo estaba haciendo. Nos sonreíamos como si aquello fuera otra de nuestras reuniones. Me acerqué a él con el cuchillo chorreando sangre con la única idea de matarle también, entonces habló.

–Si me matas, correrás la misma suerte.

Mis ojos se clavaron en la hoja cubierta de sangre de mi difunta mujer y no sentí ni una pizca de arrepentimiento. Los dos me habían traicionado y no se merecían menos que la muerte. A dos pasos de él volvió a advertirme. ¿Es que no lo entiendes? Sentirás lo mismo que yo sienta, nos une una fuerza que no llegas a comprender. Si me matas, ambos moriremos, decía. Cuando estuvimos cara a cara me tembló la mano que agarraba el cuchillo. Lo que sentía por la persona que me miraba con mis mismos ojos, mi rostro, mi olor, mi esencia, era demasiado intenso como para hacerle daño. ¿Ves? Me dijo, no puedes hacerlo, añadió mirando el cuchillo.

–No, no puedo matarte, respondí.

Empuñé el cuchillo y con la hoja cubierta de sangre coagulada me desgarré la garganta. La vida se escapaba de mi cuerpo por momentos, pero me alegró comprobar que mi alma gemela corría la misma suerte. Mi respiración, al igual que la suya, se había convertido en un húmedo gorgoteo mientras me desangraba. Pude leer en sus ojos la sorpresa ante mi acción, pero no vislumbré ni una pizca de arrepentimiento. Desplomado en el suelo, mi alma gemela observaba mi muerte.

Justo antes de exhalar el último aliento, me habló una última vez.

–Podríamos haber sido uno.

¿Quieres leer otro relato?

3 pensamientos en “Alma Gemela

  1. Cuando salía de fiesta, en concreto a una disco de la autovía de l’Ametlla, solía coincidir con un chico, pastillero total como yo, con el cual tenía un gran feeling, pillabamos unos “moraos” que no veas y con el tiempo nos hicimos muy buenos amigos. Un día me enteré de su muerte, y a pesar de que ya hacía mucho tiempo que no nos veíamos, sentí un gran vacío.Quien sabe si no era este chico mi alma gemela, el nivel de compenetración que teníamos cuando estábamos juntos nos hacía “invencibles”. Al leer este relato me he acordado de todo esto y siempre me quedará a partir de ahora esta duda. Gracias Juanca y no pares de hacernos pensar (y recordar).

    Le gusta a 1 persona

  2. Buen relato, en serio. Buena escritura que te habrá llevado lo tuyo pulir. Se lee muy agradablemente. Es quizás el relato donde tu capacidad psicológica ha dado más de si -quizás el camino?-. Gran apunte sobre el desdoblamiento de personalidad, los yos que hablaba Fernando Pessoa, tema muy recurrido y recurrente en la literatura. Dejas el interrogante ahí, y es cierto, el Yo es un interrogante. Te recomiendo que indages en Pessoa, Maupassant y Kafka, sacarás provecho seguro. Enhorabuena por el blog! Saludos. Alfonso.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s