La misteriosa historia de Brad “El As”

¿A quién se encuentra uno en un cruce de caminos?

Permitidme que os cuente la historia de Brad “el As”. Un chico al que conocí hace unos cuantos años, y del que casi nadie sabía casi nada. Conocerle me cambió la vida. Ahora, al borde de la muerte, y en la cama del hospital, me gustaría contársela a quien me quiera escuchar.

Hace cinco años más o menos, conducía un camión de varias toneladas. Cualquiera que haya sido transportista se hace una idea de la de horas que pasa uno en la carretera. En mis idas y venidas, descubrí un club llamado “Dante”. Era un tugurio en medio de la nada, pero la comida era buena y el precio aceptable. Me pillaba de paso cuando regresaba del reparto, además el “Dante” disponía de un pequeño escenario donde se celebraban conciertos cada viernes por la noche. Me gustaba la cerveza que tenían y la música en directo, así que me convertí en un habitual.

Una noche apareció Brad “El As” – aunque por aquel entonces era Brad a secas–, cargando con un estuche de guitarra y con la expresión mustia de un condenado a muerte. No sé, me dio aquella impresión. Estaba delgado hasta lo enfermizo y el color de su piel era de un tono apagado, cercano al gris. No parecía muy sano, la verdad. Que vistiera un traje arrugado que le iba grande tampoco es que ayudara a mejorar su aspecto. El caso es que el chico aparecía todos los viernes, con la guitarra a cuestas, esperando una oportunidad para subir al escenario. De tanto en tanto, el dueño del “Dante” permitía subir a tocar a algún espontaneo que llevara su propio instrumento, y se montaba la de Dios. Descubrí que había mucho nivel entre los asistentes. No exagero, una noche, un anciano arrugado como una momia tocó la trompeta como el mismísimo Louis Armstrong, lo juro. Así estaba el asunto.

Lo que me llamó la atención fue que el dueño nunca dejaba subir a Brad al escenario. Cada viernes acababan tocando una docena de músicos desconocidos, improvisaban entre ellos y se lo pasaban en grande, mientras Brad los observaba con ojos soñadores, abrazado al estuche de su guitarra como si fuese su amante.

Una noche le pregunté al dueño del Dante el porqué de ignorar al chico.

–Deberías verlo tocar, joder –me dijo con una risotada–. Es lo peor que he visto en mi vida.

A pesar de no conocerle, sentí lástima por Brad. El pobre muchacho solo quería una oportunidad para demostrar su valía. Además, no todos los que tocaban los viernes eran buenos. Lo justo sería dejarle tocar. Se lo dije al dueño, y me aseguró que lo dejaría subir el próximo viernes solo para echarnos unas risas.

–Alucinarás –añadió mientras salía por la puerta.

El viernes siguiente llegué con antelación sólo para coger la mesa más cercana al escenario. Pedí una cerveza y unas patatas fritas y esperé a que empezara la función. Entonces subieron cuatro músicos, uno de ellos era Brad, y comenzó el concierto. Había dado por sentado que el dueño exageraba al describir las dotes musicales del chico, pero, desgraciadamente, se había quedado corto. Brad era la antítesis de un buen músico. No tenía tempo alguno, salía y entraba del compás como si la cosa no fuera con él. Rasgaba los acordes como si estuviera estrangulando a un gato y los dedos le temblaban como si estuviera aterrorizado. Pensándolo con frialdad, puede que lo estuviera. El caso es que el concierto fue un completo desastre por su culpa. Lo abuchearon hasta que bajó del escenario y aplaudieron cuando salió por la puerta, con la guitarra en la mano y corriendo despavorido.

Pasó casi un mes hasta que volví a verlo por el club. Sinceramente, pensé que nuestros caminos jamás volverían a cruzarse, pero así es la vida ¿no? Brad apareció un viernes por la noche, con su guitarra a cuestas. Se fue hasta el dueño y entablaron una acalorada conversación. Yo los observé desde mi mesa, al lado del escenario, intentando enterarme de lo que decían. No escuche una sola palabra, pero sí vi algo que no pensaba volver a ver: A Brad subiendo al escenario.

¿Y si aprender a tocar fuera tan fácil?

Al principio nadie quiso acompañarlo, la mayoría de los allí presentes estuvieron entre el público en el desastroso concierto que Brad había ofrecido un mes atrás, y no les culpo por sentir vergüenza ajena. A Brad no pareció importarle, se acercó un taburete alto y se sentó en él. Afinó la guitarra en un suspiro y empezó a tocar.

No podría describir con exactitud lo que sucedió a continuación. El escenario parecía habérsele quedado pequeño. Empezó con una progresión de acordes de blues tocados con claridad cristalina. Poco a poco fue introduciendo más y más hasta convertirlo en algo complejo, difícil de seguir si no se estaba atento. No parecía el chico de la otra vez, para nada. Tocaba con precisión quirúrgica, con un tempo perfecto, con velocidad, con la gracia de un erudito. En su mirada había fuego, en sus labios una sonrisa triunfal.

No hace falta decir la cara de imbécil que se nos quedó a todos. Cuando terminó, hubo una ovación general. Le aplaudieron, le silbaron y le pidieron que tocara otra canción. Y así hasta la madrugada. Alguien gritó que aquel chico era un as, y al resto pareció gustarle. Aquel fue el momento en que empezaron a llamarlo Brad “El As”.

Cada viernes por la noche daba un concierto, y siempre lo hacía solo. Había pasado de que nadie quisiera acompañarlo por lo malo que era a todo lo contrario. Temían quedar mal si tocaban junto a un genio. Qué vueltas da la vida ¿verdad?

No sé en qué momento empecé a pensar que algo no iba bien. Me explicaré. No era lógico que un chico que no sabía formar un acorde sin mirarse los dedos se hubiera convertido en un fuera de serie de la noche a la mañana. Era imposible. Por mucho que hubiera practicado, aunque se hubiera dejado la piel, el sudor y la propia sangre, no podría conseguir aquel resultado en cuatro semanas.

Una de las noches, observé una cara nueva entre el público. Se sentaba a unos metros de mi mesa y bebía whisky. Me resultó vagamente familiar, pero creo que no lo había visto antes. Era un hombre alto, de edad indefinida. Sus facciones eran afiladas como la hoja de una navaja y su expresión era la de alguien que sabe algo que los demás ignoran. No le quitaba el ojo a Brad en ningún momento. Ni siquiera parpadeaba. Observaba con atención cada gota de sudor que se le deslizaba por la frente, admirándolo como a un trofeo. Al principio pensé que se trataba del manager de alguna discográfica, un ojeador en busca de nuevas promesas. Parecía lo más lógico. El hombre debió percibir que lo observaba puesto que levantó la vista y me miró directamente. Sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. Tuve miedo, más del que haya tenido en mi vida. No podría explicarlo de una manera racional, simplemente, su mirada me aterrorizó. Me levanté de la silla y fui hasta la barra a pagar la cuenta. Era la primera vez en años que me marchaba antes de que el concierto terminara, pero tuve la imperiosa necesidad de salir de allí cuanto antes. Las piernas me temblaban como la gelatina y tenía el paladar seco como si hubiera estado haciendo gárgaras con sal. Pagué y me puse a caminar hacia la salida, que nunca antes me había parecido tan lejana.

Cuando estuve junto a la puerta, miré al hombre por el rabillo del ojo, más por instinto que por curiosidad. Se me heló la sangre de las venas. Se había girado lo justo para mirarme y sus ojos me atravesaron el alma como hierro al rojo. Su mirada me dijo muchas cosas, entre ellas, que sabía que lo había reconocido, que se alegraba de ello y que pronto vendría a verme. Parece una majadería, pero juro que es cierto. Me costó horrores despegar mis ojos de los suyos. Empujé la puerta con el hombro y salí a la calle de una zancada. Abandoné el Club Dante para no regresar jamás. Tampoco volví a saber nada de “Brad el As”.

Cinco años después, he comprendido quién era aquel hombre. Estoy enfermo, me muero y no hay nada que la medicina moderna pueda hacer por mí. En cambio, él sí puede. Aquel hombre que le dio a “Brad el As” la habilidad de tocar la guitarra, puede evitar mi muerte. Creo que supe quién era en el momento que nos miramos. Me negué a creerlo, pero el tiempo me ha dado las suficientes pruebas para aceptarlo. Postrado en la cama del hospital de la quinta planta, veo a ese hombre cada noche mirándome desde la ventana, esperando a que lo invite a entrar, a que cerremos el trato que llevamos tanto tiempo posponiendo. El cáncer me consume las entrañas, me hierve en la sangre y me marchita el alma. ¿Cómo es la vida, eh?

¿Quién es el hombre que me observa desde la ventana?

He intentado hacerme a la idea de que voy a morir, pero el sentimiento de supervivencia se niega a abandonarme. Él lo sabe desde aquella noche en el club, hace cinco años. Quién sabe, quizás ya lo supiera antes.

Cuanto menos tiempo me quede, peor será el trato que me ofrezca. Los dos sabemos que esta noche le dejaré pasar a mi habitación. Solo he de esperar.

Espero que no se retrase.

Esta noche no.

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9 pensamientos en “La misteriosa historia de Brad “El As”

  1. Siiiiii por fin!!!! me encanta este escritor te engancha desde el principio y eso es lo que busco,es muy dificil ver una peli o serie o un libro que a los 20 min de leerlo enganche y Juankar lo borda,te engancha una y otra vez,es como una droga dura,ENHORABUENA has vuelto a hacerlo,un saludo y un abrazo desde Jerez de la Frontera,Cadiz.

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    • La verdad es que da gusto leer este tipo de comentarios. Muchas gracias, Antonio. Me esforzaré para mantener el nivel con las futuras publicaciones.

      ¿Todo bien por Cádiz?
      Un abrazo.

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