Carne a la brasa (Y una muerte inesperada)

¿Suplicarás por tu vida?

Aunque sonase increíble, ser asesino a sueldo, podía resultar aburrido. Para Daga –su alias profesional, su nombre real no sonaba tan peligroso–, sentarse a esperar a su víctima no era en absoluto estimulante. Se cruzó de brazos y aprovechó para acariciar la empuñadura de la Walther nueve milímetros que llevaba bajo la chaqueta. Sentir el tacto frío en la punta de los dedos le reconfortaba.

Llevaba dos años en el negocio, y se le daba bien. Muy bien a decir verdad. Podría decirse que matar era una vocación. ¿Para qué convertirse en un simple psicópata si podías hacer lo mismo cobrando un generoso cheque con ello? En el submundo –ese donde se contratan asesinos a sueldo– era bastante conocido. Nunca le faltaba trabajo y su carrera subía como la espuma. Empezó con trabajos que nadie quería, ya fuera por su dificultad o por lo poco que pagaban. Daga los aceptaba y los llevaba a cabo a la perfección. No le interesaba el dinero, por aquel entonces su ambición consistía en labrarse un nombre y ascender rápido. No tenía miramientos a la hora de cumplir un contrato. No hacía concesiones con nadie, si aceptaba un trabajo, iba hasta el final. Tampoco hacía distinciones entre mujeres, niños u hombres. Daga era un profesional al que no le temblaba el pulso a la hora de sesgar una vida.

Pero esa mañana, allí sentado, se sentía incómodo. No estaba nervioso por lo que se acontecía, ni porque pudieran pillarlo. Era la espera la que lo estaba matando. Por lo general, se infiltraba en edificios sin ser visto, como los espías de la televisión. Pasaba inadvertido hasta llegar a la víctima, hacía el trabajo y salía de allí como si nada. O seguía a su objetivo hasta un callejón oscuro y hacía lo suyo con completa discreción. Había atropellado, degollado, disparado, estrangulado y un sinfín de técnicas más, pero no soportaba estar sentado en una sala de espera.

El objetivo era un hombre de unos cincuenta, un reconocido médico en el campo de la neurología. Había leído que sus estudios sobre el cerebro lo estaban aproximando a dar con una cura contra el cáncer. También leyó algo sobre células madre, algo sobre experimentos que rozaban la ilegalidad y que estaba siendo investigado por prácticas inhumanas. Parecía ser un pez gordo, sin duda. A Daga le traía sin cuidado que fuera médico o electricista, aunque hubiese preferido lo segundo. Un electricista no le haría esperar una hora en la puerta de una consulta.

Con el dedo índice recorría los surcos de la Walther que llevaba pegada a las costillas. Su tacto y temperatura apaciguaban a Daga, le brindaban seguridad. Saber que en cualquier momento podía desenfundarla y pegarle un tiro a cualquiera, le obsequiaba una paz imposible de describir. Nunca salía de casa sin ella. De haberlo hecho se hubiera sentido desnudo, como salir a la calle descalzo.

Miró el reloj de la pared. Tragó saliva y cruzó las piernas de derecha a izquierda. Volvió a tragar saliva y a mirar el reloj. Cuando iba a cambiar las piernas de posición, la puerta de la sala de espera se abrió y apareció una mujer con una carpeta en las manos. Pronunció el nombre que Daga había dado en recepción y dijo que el doctor lo recibiría. Daga se puso en pie, ansioso por salir de allí cuanto antes. Siguió a la mujer por un pasillo completamente vacío, en silencio, hasta la puerta de la consulta. Un letrero plateado rezaba el nombre del doctor. Por fin, el momento había llegado.

Lo primero que le llamó la atención al entrar en la consulta no fue el doctor que se sentaba ante un escritorio ubicado en el medio de la habitación, aquello era lo esperado. Lo que le sorprendió durante una milésima de segundo fue el niño –no tendría más de ocho o nueve años– de pelo rojo, que permanecía de pie, a un lado del doctor, inmóvil como una estatua. Era extraño verlo allí plantado. Daga volvió en sí y se sentó frente al doctor, que no había apartado la vista de la pantalla de su ordenador para mirarle. El hombre leyó en alto el nombre falso de Daga y por fin lo miró a los ojos.

–Me han informado que quería usted hablar conmigo –le dijo el doctor–. Soy un hombre ocupado, así que le agradecería brevedad.

A Daga no le gustó el desdén con el que le hablaba. Nada en absoluto. Vale que en menos de diez segundos estaría muerto, pero no le daba derecho a tratarlo de aquella manera. Daga miró de refilón al niño, que no había dejado de mirarlo desde que había entrado. Había algo extraño en sus ojos, para empezar, su color no parecía natural, luego estaba la manera en la que lo miraba. Era como si lo estuviera desafiando. Daga tuvo ganas de sacar la pistola y volarles la cabeza a los dos. Primero al niño. No soportaba que lo mirara de aquella manera. Pero no podía ponerse a disparar así como así. Había un protocolo, unas palabras que decir antes de matar al doctor. No entendía por qué un cliente le pedía que memorizara una frase para decírsela a la víctima antes de matarla. Era una soberana estupidez. Pero el cliente siempre tenía la razón y Daga era un profesional.

Lo que sí hizo fue sacar la Walther de la pistolera. Fue un movimiento natural, como quien saca un paquete de cigarrillos, y se la puso sobre las rodillas. El reputado doctor no se sorprendió al ver el arma, más bien parecía estar esperando algo así. Levantó una ceja y entrelazó las manos sobre el escritorio.

–Yo que usted, guardaría el arma –le advirtió.

–Silencio –le ordenó Daga.

–Lo digo por su bien –insistió.

El niño empezó a respirar con violencia, a hiperventilar, a apretar los puños a la altura de las caderas. Si no fuera porque no levantaba un metro del suelo, Daga hubiera jurado que el niño estaba a punto de atacarle.

–Traigo un mensaje de un amigo en común –dijo Daga intentando ignorar al niño. Solo debía decir su frase y podría pegarles un tiro.

–Le aconsejo que guarde el arma y se marche por dónde ha venido –le dijo el doctor, interrumpiéndolo.

Daga sentía el sudor goteándole en la espalda y formándosele en la frente. ¿Era cosa suya o la temperatura había aumentado de repente? Se asfixiaba, empezaba a marearse debido al calor sofocante que reinaba en la habitación. Era como si le hubieran drogado. Pero ¿cuándo? No habían tenido ocasión. No, era otra cosa. El niño de pelo rojo dio un paso hacía Daga y de repente hizo todavía más calor, como si alguien hubiera encendido una hoguera a unos centímetros de su cara. Daga tuvo que soltar la Walther, el metal parecía estar al rojo vivo. La pistola desapareció bajo el escritorio. El niño dio otro paso y Daga sintió que se le quemaba la cara. Se puso en pie de un salto, tirando la silla. Se volvió hacia la puerta pero se detuvo antes de abrirla. El pomo se estaba deshaciendo como si fuera líquido. Solo podía pensar en salir de allí.

Se volvió para ver al doctor, impávido, observándole con curiosidad, como si formara parte de algún experimento, mientras el niño parecía expulsar humo bajo la ropa. No, no lo parecía, el cuerpo del niño estaba en llamas y el calor de la habitación no dejaba de aumentar. El aire estaba tan caliente que era irrespirable. Al parecer, solo Daga sentía el abrazo del fuego. No había una sola gota de sudor en la frente del doctor.

¿Combustión espontánea o poderes psíquicos?

–Verá –dijo el doctor–. Cuando uno busca una cura, a veces descubre algo más. Este chico, mi guardaespaldas, es la prueba.

–No –se oyó decir Daga–. Por favor.

–Le advertí –contestó frunciendo el ceño–. Ahora es tarde.

–No quiero morir. Dígale que pare –suplicó Daga por primera vez en su vida.

El hedor a carne quemada inundó la habitación como si alguien hubiera dejado el entrecote demasiado tiempo sobre las brasas. La chaqueta se carbonizó en cuestión de segundos, adhiriéndosele al torso y los brazos. Los zapatos se deshicieron sobre el linóleo, la piel se le escurría del cuerpo, como si quisiera escapar de aquel infierno.

Cuando creyó que era imposible sentir más dolor, la tortura remitió de pronto. Todo fue paz. Como llegar al nirvana. La visión de Daga se tiñó de oscuridad absoluta cuando sus globos oculares le chisporrotearon en las cuencas.

No sentía las piernas, ¿seguía teniéndolas? Tal vez hubieran desaparecido junto a la piel y a su sentido de la vista.

Tampoco estaba tan mal.

Nunca antes se había sentido tan vivo.

¿Quieres leer otro relato?

10 pensamientos en “Carne a la brasa (Y una muerte inesperada)

    • Pues, si todo va según lo previsto, a finales de julio publicaré la novela “Translúcido”. Los relatos los escribo por y para el foro.

      Un abrazo y gracias por el comentario.

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  1. Me encanta el estilo con el que narras la historia. Desde el primer momento me he metido en el papel de Daga. A medida que se acercaba a su próxima víctima de forma inconsciente aceleraba el ritmo de lectura, supongo que por esas ganas e impaciencia de saber que iba a suceder… “Nunca antes se había sentido tan vivo” inesperado y a la vez lleno de sentido. Brutal final!

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