Ciclo Cerrado

A la luz de una bombilla.

El lugar en el que despertó le resultaba familiar. Se levantó del suelo y observó a su alrededor. Se encontraba en un cubículo diminuto con un colchón delgado como una hoja de papel y una taza de wc impoluta en la esquina opuesta. También había una puerta negra metálica, cerrada. Parecía una celda, pero no logró recordar cómo había llegado a ella. ¿Era un prisionero? Se sentía débil, como si no hubiera comido en semanas. ¿Cuánto llevaría sin comer? Tampoco lo recordaba. Ni siquiera recordaba cómo se llamaba.

La habitación estaba en silencio, y más allá de la puerta no parecía haber movimiento. No tuvo miedo porque no se acordó de que debía tenerlo. Miró la bombilla desnuda que pendía del techo y vio una polilla revoloteando alrededor de la luz. Se le ocurrió que tal vez podía comérsela. Le sonaba algo de que los insectos eran una fuente de proteínas y un gran alimento para el ser humano. No supo cómo lo sabía, simplemente tenía la certeza de ello. Se dio cuenta de lo mucho que le dolía el brazo cuando intentó levantar la mano para cazar la polilla. En realidad, le dolía todo el cuerpo, pero no le impediría conseguir la cena. La polilla se le antojaba cada vez más suculenta. Era grande y sin duda sería un buen bocado, bien valía el esfuerzo de sus doloridas extremidades. Cuando iba a darle un manotazo, la puerta negra se abrió con un chasquido.

El prisionero se quedó inmóvil, con la boca abierta y la vista clavada en la oportunidad que se le acababa de presentar. ¿De verdad quería salir? ¿Qué se encontraría fuera de la habitación? La polilla seguía a lo suyo, pero el prisionero perdió su interés por ella. Tomó una decisión, cualquier cosa sería mejor que quedarse allí dentro. Se acercó a la puerta y la empujó. No le hizo falta esforzarse mucho para abrirla, parecía bien engrasada.

Durante unos instantes, la intensa luz del exterior le dañó los ojos. No pudo abrirlos hasta pasados unos segundos. Se encontraba en un pasillo larguísimo. El suelo era de mármol negro y las paredes de metal completamente lisas, sin remaches, sin junturas, como si fuese todo parte de una misma plancha kilométrica. Instintivamente comenzó a caminar en la única dirección posible. Aún veía borroso, pero le pareció distinguir otra puerta al final del pasillo. Aunque llegar a ella le llevaría un buen rato si no apretaba el paso. Sus piernas, al borde del entumecimiento, le pinchaban como si tuviera alfileres en la sangre. A pesar de ello, logró caminar a buen ritmo. En lo que le pareció una eternidad llegó al final del pasillo.

En efecto, encontró una puerta, idéntica a la anterior, también abierta. La traspasó con mucha más seguridad y se asombró al ver lo que le esperaba tras ella. Era una sala espaciosa, de paredes metálicas y brillantes como espejos. El suelo también era de mármol negro. Justo en el centro había una mesa rectangular cubierta de comida humeante recién cocinada. El prisionero empezó a salivar sin darse cuenta. Su estómago profirió un rugido tan estruendoso e inesperado que le asustó. No se lo pensó dos veces y corrió hasta la mesa. Había carne, pescado, verdura, fruta, pasteles. No hizo distinciones a la hora de llevárselos a la boca. Ni siquiera le quitó las espinas al pescado, ni separó los huesos de la carne. Agarraba lo que le cupiera en las manos y lo masticaba a la vez. No le importaba el sabor, solo alimentarse. En poco tiempo se había saciado y tenía la cara y la pechera del uniforme cubierto de aceite y restos de comida. Miró en derredor y descubrió otra puerta.

Se encaminó hacia ella con decisión, tener el estómago lleno le profería seguridad. Justo en el momento que iba a traspasarla, escuchó un pitido en su cabeza. La frecuencia era tan aguda que le provocó un mareo. Se detuvo y se apoyó en la pared para no desplomarse. El cuerpo entero le temblaba. El sonido le retumbaba en el cráneo como si fuera a partirle por la mitad. Sintió arcadas. Contuvo el vómito agrio en la boca y volvió a tragarlo. No estaba dispuesto a malgastar la comida que ya había engullido.

¿Que habrá tras la siguiente puerta?

Tras unos segundos de agonía, el dolor remitió. Se recompuso y atravesó la puerta. Era de noche, parecía estar al aire libre, hasta podía sentir la brisa nocturna en el rostro. Había pequeño parque, con dos bancos de madera en el centro rodeados de vegetación tan espesa que no dejaban ver más allá. El suelo que pisaba era césped recién cortado, olía de maravilla. Se acercó al centro de la placita y descubrió que había algo sobre cada uno de los bancos. En el de la derecha había un osito de peluche, en el de la izquierda una pistola. Se quedó entre los dos, sopesando con cuál quedarse. Instintivamente, supo que tenía que escoger. ¿Por qué? Ni él mismo lo sabía.

Pasó unos segundos en completo silencio, sin respirar siquiera. Miró los objetos una última vez antes de escoger uno. La decisión estaba tomada. Agarró el osito de peluche y se lo llevó ante los ojos. Parecía usado, pero olía bien y era agradable al tacto. De repente, el pitido craneal regreso con más intensidad que la vez anterior. Cayó de rodillas y apretó los dientes para no gritar. En esta ocasión, el dolor desapareció al instante, y cuando el prisionero volvió en sí, los bancos, la vegetación y la pistola habían desaparecido. Todo a su alrededor estaba a oscuras salvo la luz blanca proveniente de una nueva puerta que se abría ante él.

El osito seguía en su mano. Se lo llevó al pecho y lo abrazó. Fue tan reconfortante como triste. Le resultaba familiar, pero sabía que por mucho que se devanara los sesos no lograría recordar por qué.

Traspasó el umbral y llegó hasta una habitación estrecha, tubular. Habría una docena de tuberías recorriendo una de las paredes como si fueran venas. Pero lo que le llamó la atención fue que había dos pantallas acopladas en la pared que emitían imágenes en blanco y negro de dos habitaciones. La imagen distaba mucho de ser aceptable, estaba contaminada de ruido y estática, aun así logró distinguir lo que emitían. En una había una niña en camisón, jugando con una navaja, y en la otra había una mujer arrodilla al pie de un camastro, con las manos entrelazadas y abriendo y cerrando la boca. Parecía estar rezando.

Entonces se encendieron dos pilotos rojos bajo las pantallas que no parecía que estuvieran ahí antes. Era una luz fuerte, tanto, que la habitación se iluminó de rojo sangre. Con los ojos entrecerrados, el prisionero supo lo que debía hacer. No tenía ni idea de lo que ocurriría al pulsar el piloto, pero sí que debía decidirse por uno. Y rápido.

Miró las pantallas una última vez antes de pulsar el que mostraba a la niña. De repente, la pantalla en la que salía la mujer se apagó con un destello.

Y el pitido regresó. Lo sintió antes de que le percutiera en las sienes, el dolor se había intensificado. El prisionero gritó con todas sus fuerzas al tiempo que se hincaba de rodillas en el frío suelo. Hecho un ovillo, apretaba el osito de peluche contra el pecho como si fuese a servirle de algo.

Cuando el dolor desapareció, se encontraba completamente a oscuras. Por un instante pensó que aquella estridencia lo había dejado ciego. Se cercioró que seguía teniendo el osito y empezó a caminar con la mano derecha por delante, esperando palpar algo que le indicara el camino a seguir. No había nada a lo que aferrarse ni por lo que guiarse. Continuó caminando con las sienes doloridas, temiendo otra descarga.

Una luz se encendió al fondo, una luz blanca que silueteaba una puerta. La esperanza de abandonar la oscuridad le dio fuerzas para llegar hasta allí casi a la carrera. La empujó con el hombro con tanta fuerza que se tropezó, a punto estuvo de caer bruces. Cuando alzó la mirada se descubrió mirando un espejo inmenso. Se observó extrañado. No reconocía al hombre que le devolvía la mirada. Parecía enfermo. Sus ojos estaban enrojecidos de haber llorado. ¿Era ese su aspecto? ¿Qué estaba haciendo en aquel lugar? ¿Quién era? ¿Cómo se llamaba?

¿Cuántas veces he pasado por lo mismo?

Como respuesta, la inmensidad del espejo perdió su opacidad y se convirtió en una ventana inmensa desde la que le observaban tres hombres y tres mujeres vestidos con bata blanca. Los seis llevaban carpetas en las manos y parecían tomar notas. Solo levantaban la vista de sus papeles para echarle un vistazo al prisionero.

–Diga su nombre –se oyó en la sala.

El prisionero no supo qué decir. Podría haber dicho que no lo recordaba, pero las palabras se negaban a salir de su boca. Su mente conocía las palabras, pero no podía pronunciarlas.

–¿Por qué escogió el osito? –dijo una voz de mujer.

–¿Por qué no la pistola? –dijo una voz que sonó lejana.

Hubo un silencio en el que los hombres y mujeres de bata blanca se concentraron en sus carpetas. Los bolígrafos se movían a la velocidad del rayo. Pasado un rato, pusieron su atención en el prisionero.

–Un fracaso total –puntualizó una mujer rubia.

–El sujeto 1984 no parece recordar nada –dijo un hombre calvo–. Se mueve por instinto, no hay coherencia en sus acciones. Igual que las otras veces.

–Perdemos el tiempo.

–Volvamos a intentarlo.

–Reinicio número 92 en proceso.

–Reiniciando.

El zumbido resonó con más violencia que nunca. La frecuencia era afilada como una navaja, y la oscuridad se lo tragó de un bocado. Se dio un golpe en la cabeza al caer al suelo. Sintió cómo le sangraban los oídos. Buscó el osito de peluche pero no lo encontró. Antes de que pudiera comprender nada, se había desmayado.

El lugar en el que despertó le resultaba familiar. Se levantó del suelo y observó a su alrededor. Se encontraba en un cubículo diminuto con un colchón delgado como una hoja de papel y una taza de wc impoluta en la esquina opuesta. También había una puerta negra metálica, pero estaba cerrada. Parecía una celda, pero no recordaba cómo había llegado a ella.

¿Era un prisionero?

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