El miedo

En la soledad de la montaña.

Es una historia triste, la verdad, pero que merece ser contada. Al fin y al cabo, es una historia sobre el amor imperecedero de una madre, y de lo que estamos dispuestos a sacrificar por un hijo. Aunque sea una vida.

Para comprender la historia deberíais conocer a Matilda. Una mujer que creció en el seno de una familia pobre y honrada, la cual forjó en ella la convicción de que la familia era lo más importante. Trabajadora, gentil y siempre con una sonrisa en los labios, creció lo suficiente para casarse con un buen hombre y tener su propia casa. Era una mujer bella, y no le costó encontrar un marido tan trabajador y humilde como ella.

Tenía dieciocho años cuando pisó el altar. Su familia logró reunir el dinero suficiente para pagarle el vestido de novia. Era de segunda o tercera mano y estaba un poco amarillento pero, para Matilda, era un vestido digno de una princesa. Fue una celebración íntima donde padres y suegros comieron y bebieron, rieron y estrecharon lazos.

Después de la boda, se mudaron a su nuevo hogar. No tenían dinero para pagar una casa en el pueblo, junto a sus familias, así que compraron una en la montaña, lejos de todo. Era de madera, tenía dos pisos y tres habitaciones espaciosas. Cuando llovía con fuerza, tenían que colocar cubos bajo las innumerables goteras del techo y, cuando llegaba el invierno, ni la chimenea encendida ni las mantas sobre los hombros evitaban las tiritonas. Pero eso no fue un impedimento para que la felicidad de Matilda y su marido aflorara con rapidez. Ella tenía un sueño desde pequeña: tener un hijo. Era lo único que le faltaba, un precioso bebé al que cantarle nanas por las noches, al que poder achuchar y besar. Solo así estaría completa.

Desafortunadamente, Matilda no se quedaba embarazada. Por mucho que lo intentaran cada noche durante tres o cuatro meses, nada surtía efecto. El humor de su marido se agrió con el tiempo. A menudo le hablaba de malas maneras, y a punto estuvo de abofetearla en más de una ocasión. Ella sabía que la culpaba por aquella situación. ¿Pero qué podía hacer? Había tomado los brebajes que el médico itinerante le había aconsejado, había dormido con las piernas en alto después de tener relaciones con su marido, pero nada servía. ¿Y si no podía concebir?

Su marido se pasaba casi todo el día fuera, trabajando como leñador desde que salía el sol hasta el anochecer. Matilda lloraba cuando se quedaba sola. En más de una ocasión pensó en quitarse la vida. Si no podía dar a luz la vida no tenía sentido. Si no lo hizo fue porque nunca perdió la esperanza de quedarse embarazada.

Al final, la paciencia y  la constancia dieron sus frutos, aunque veinte años después.

Por aquel entonces, la relación con su marido era prácticamente nula. Él ya no se dirigía a ella directamente, la trataba como a un mueble más, y solo compartían los minutos de cama de un viernes al mes. Cuando Matilda estaba a punto de cumplir cuarenta años, recibió la mejor de las noticias: estaba embarazada. Se le saltaron las lágrimas al oírlo. Aunque tarde, sus rezos habían servido para algo y la vida volvía a sonreírle.

Cuando se lo comunicó a su marido, este no pareció compartir la alegría. Más bien al contrario. La idea de tener una boca más a la que alimentar parecía enfurecerlo. A Matilda le traía sin cuidado lo que él pensara. Por fin iba a tener lo que siempre había deseado, y nadie, ni siquiera su marido, podría impedirlo.

El momento de dar a luz llegó. El médico itinerante ayudó en el parto y todo fue bien. Salvo porque el niño nació con una deformación en el cráneo y las extremidades. Jamás olvidaría la manera en que su marido miró al bebé la primera vez que lo vio. Le dedicó una mirada de repulsión y apartó la vista, como si le costara mirar a su propio hijo.

En cambio, Matilda lo veía como el niño más bonito del mundo. Ni su cabeza alargada ni sus manitas de tres dedos en forma de garra lograban afearlo. Hasta la expresión del médico fue de preocupación, incluso le dijo que, si así lo deseaba, podía deshacerse de la criatura. Ella lo echó de casa a gritos mientras mecía a su bebé en los brazos. No le cabía en la cabeza que alguien pudiera si quiera pensar tal aberración. Era diferente a los demás niños, hasta ella se daba cuenta, pero tenía el mismo derecho a vivir que cualquiera. Sus ojos pequeños y marrones le recordaban a un par de lentejas, y su cráneo achatado a un plátano.

Un año después, su marido tuvo un accidente en el bosque y falleció. Al parecer, se encontraba talando un pino cuando un pedazo del tronco le cayó encima, aplastándole la cabeza. Le dijeron que no sufrió, que fue rápido. Más que tristeza, a Matilda, la muerte de su marido le produjo indiferencia. Ya no intimaban, ni hablaban desde hacía años. Incluso descubrió que la tensión que habitaba en la casa había desaparecido. Ganaba lo suficiente para ella y el niño cosiendo camisas, pantalones y vestidos que la gente de los pueblos de al lado le traían. Se le daba bien la costura. No es que le ganara demasiado, pero como la casa ya estaba pagada y el niño no requería más que papillas, vivía holgadamente.

¿Podrá soportar la crudeza de la guerra?

Cuando el niño cumplió los catorce años, la noticia de que una gran guerra había estallado en el norte corrió como la pólvora. Una vecina vino a contárselo. Según lo que se decía, el ejército estaba desesperado. Se encontraban al borde de la derrota y perdían cientos de hombres cada día. Ante la inminente escasez de unidades, el ejército iba de casa en casa reclutando a jóvenes aptos para empuñar un fusil. Así de desesperados estaban. Al que se negaba a acompañarlos, lo fusilaban en la misma puerta de su casa.

Matilda, a la que los achaques de la edad le habían desgastado la rótula de la pierna izquierda pero no la agudeza mental, supo que debía esconder a su hijo. Por nada del mundo iba a permitir que se lo llevaran a una guerra sin sentido de la cual ni siquiera conocía los bandos que se enfrentaban. Solo pretendía que la dejaran tranquila, como hasta ahora. En su casa, con sus remiendos y el amor de su hijo.

Pasaron seis meses en los que no permitía que su hijo saliera de casa. Pensaba que así lo estaba protegiendo. Escuchó decir que la guerra se acercaba cada vez más a la montaña, a su hogar, pero ella siguió con su plan. Escondería a su hijo hasta que la guerra terminara.

Una noche lluviosa en la que Matilda y su hijo cenaban al calor de la chimenea, recibieron una visita inesperada. Alguien llamó a la puerta una vez. Luego otra y después otra más. Sabía que el que fuera que llamara había visto luz desde fuera y no se marcharía hasta que no le abrieran. Le ordenó al niño que se fuera a su habitación, al piso de arriba. Éste obedeció en silencio y voló por las escaleras. A pesar de sus deformidades, sus piernas eran fuertes y ágiles.

Matilda fue hasta la puerta y la abrió lo justo para ver quién llamaba a esas horas. Le faltó el aire cuando vio que el que hombre parado en su porche, empapándole el felpudo, era un soldado. El hombre le pidió cobijo y alimento. Le explicó que su unidad había sido emboscada y que se había perdido. Llevaba dos días deambulando por el bosque y esta era la primera casa que veía desde entonces. El soldado le pedía ayuda y Matilda no era de las negaban auxilio. Pero si veía a su hijo…

El soldado parecía famélico. Tenía la cara pálida y demacrada, saltaba a la vista que no aguantaría mucho más. Matilda lo dejó pasar y le ofreció un cuenco de estofado, un pedazo de pan y un vaso de vino. El soldado lo engulló todo con avidez, con los ojos cerrados de placer y sin dejar de agradecerle que lo hubiera salvado de una muerte segura. Cuando terminó de cenar, le pidió que le dejara quedarse a dormir. Se conformaba con el suelo, al lado del fuego de la chimenea. Matilda no pudo negárselo, así que aceptó. Mientras no subiera al piso de arriba todo iría bien.

Matilda despertó de madrugada por culpa de un rumor que le llegaba desde el comedor, en el piso de abajo. Se calzó las zapatillas y bajó las escaleras con paso lento y seguro, procurando no hacer ruido. El ruido que la había despertado era el soldado que, sentado a la mesa, charlaba con su hijo. Horrorizada, corrió hasta el niño y lo abrazó mientras las lágrimas se le agolpaban en los ojos. Le pidió al soldado que no se lo llevara, que solo era un niño, que era su hijo. Él le dijo que no lo delataría, que le estaba muy agradecido por cómo lo había tratado y que haría lo posible para que los dejaran en paz. Entonces las lágrimas de Matilda fueron de alegría. Se acercó al soldado y le colmó las mejillas de besos. El niño los observaba con curiosidad, sin abrir la boca, tan silencioso como siempre.

Transcurrió un año sin noticias sobre la guerra. Matilda y su hijo se vieron aislados en la montaña. Ni el médico, ni los clientes, ni ninguna de sus amigas subían ya hasta allí. Temió que la guerra se hubiera recrudecido y que cada vez estuviera más cerca de su hogar. El tiempo no pasaba en balde, y cada vez se sentía más cansada. Los huesos le dolían por las mañanas cuando despertaba y por la noche al acostarse. Se le había terminado el ungüento que el médico le traía y el dolor iba de mal en peor. Temió no poder valerse por sí misma. Su hijo no podría hacerse cargo de ella. Además, ¿quién cocinaría? ¿Quién limpiaría la casa? Debía resistir hasta que todo volviera a la normalidad.

Atardecía cuando Matilda, que había salido al bosque a buscar leña, vio a un grupo de hombres que caminaban hacia su casa. Su visión ya no era la de antes, y tuvo que esforzarse para identificarlos. Eran media docena, y eran soldados. Todos ellos con un rifle al hombro y caminando a paso raudo. Sabía a dónde se dirigían y a qué venían.

Uno de los soldados la vio en medio del camino y levantó la mano. Hasta creyó que la llamaban por su nombre. Así que aquel malnacido no había cumplido su promesa y había delatado a su hijo. Sin perder un segundo, trotó hacia la casa con todas sus fuerzas. Les sacaba una buena ventaja, y llegaría antes que el pelotón, sin embargo las rodillas no le perdonarían aquel exceso.

Abrió la puerta y una vez dentro cerró con llave. Jadeaba por el esfuerzo, pero debía esforzarse un poco más. Llamó a su hijo sin obtener respuesta. Se agarró al pasamano y empezó a subir las escaleras renqueando. Allí estaba su hijo, el amor de su vida, tumbado en la cama, con la manta hasta los hombros y durmiendo como un angelito ajeno a todo mal. Cuando iba a despertarlo, escuchó que golpeaban la puerta y gritaban su nombre. El soldado decía algo sobre la guerra, pero Matilda no llegó a entenderle. Acababa de tomar una decisión. Agarró una almohada de la cama y la puso sobre la cabeza de su hijo. El niño despertó y miró a su madre con ternura. Asintió mientras le ofrecía algo parecido a una sonrisa, como si le diera el consentimiento para hacerlo. Llorando de rabia, aplastó la almohada contra el rostro de su hijo, privándole de aire que respirar. Él no lucho para evitar morir asfixiado. Parecía estar de acuerdo. Las lágrimas le lamían las mejillas mientras apretaba con todas sus fuerzas. Las manos le temblaban por el miedo, pero no aflojaron ni un ápice. En pocos minutos, su hijo, lo único que le daba sentido a su vida, había dejado de respirar. Dejó la almohada a un lado y lo observó. Parecía seguir durmiendo, aunque sabía que no volvería a despertar. Le peinó el escaso pelo de la coronilla y le dio un beso en la frente. Le dolía en el alma lo que acaba de hacer, pero por lo menos no se lo llevarían de su lado.

¿Qué harías por un hijo?

Abajo, los soldados seguían llamando a la puerta con insistencia. Matilda se volvió y bajó la escalera para enfrentarse a aquellos desalmados. Cuando abrió la puerta, lo primero que le sorprendió fue la sonrisa que portaba el soldado al que había dado cobijo un año atrás. El grupo se deshacía en risas, contentos y vivarachos. El soldado le dijo unas palabras, y esta vez sí las entendió. Matilda cayó de rodillas, a los pies del soldado, sabiendo que no volvería a levantarse. Todos dejaron de reír, y la socorrieron, preguntándose tal vez, por qué lloraba.

Había motivos para estar felices ¿no? Al fin y al cabo, la guerra había terminado.

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