El lugar improbable

¿Qué misterios esconde el desván?

Fue el abuelo el que nos reveló la existencia del pasaje secreto. Nos lo contó una noche, en la residencia, cuando las pastillas para la cabeza no le hacían efecto y se ponía a hablar de esto y de aquello. Nos lo contó como si fuera un cuento, por lo menos al principio. Después, terminó asegurándonos que el desván de nuestra casa estaba plagado de misterios, y que uno de ellos era la puerta a otro mundo. Nunca nos dijo a dónde llevaba aquella puerta de color rojo, solo que llevaba a un lugar peligroso y que nunca debíamos cruzarla.

Una noche, mi hermano se levantó de la cama, se calzó las zapatillas, y bajó al desván procurando no despertar a nuestros padres. Estoy convencido de que se armó de valor –aunque sigo pensando que fue la curiosidad lo que le impulsó a hacerlo–, bajó al desván y encontró la entrada. Yo le vi marcharse. Él se dio cuenta de que yo estaba despierto, me indicó que cerrara el pico y me dedicó una sonrisa antes de salir de nuestra habitación. Aquella fue la última vez que vi a mi hermano.

Se armó un revuelo de los gordos. Al día siguiente, apareció la policía. Durante una semana nuestra casa estuvo hasta arriba de agentes, rebuscando en los cajones, haciendo preguntas y todo ese rollo. Buscaban pistas, claro, algo que les llevara hasta mi hermano. Al fin y al cabo, era un chaval de doce años, no podía haber ido muy lejos.

Tras dos semanas buscándolo, hasta la policía se dio por vencida. Papá y mamá no lo dejaron estar. Estaban convencidos de que seguía vivo en alguna parte. Tendría miedo y hambre, estaría sucio y deshidratado. No, no iba a renunciar a encontrarlo tan fácilmente. Los dos meses siguientes empapelaron cada farola, pared o poste de la luz con la cara de mi hermano. Al principio, el pueblo entero ofreció su ayuda. Todo el mundo arrimaba el hombro, pero tampoco fue suficiente.

Yo sabía dónde estaba, pero mis padres no me creyeron. Obviamente, un chaval de ocho años que asegura que su hermano mayor está en otro mundo al que se accede por una puerta secreta del desván no gozaba de ninguna credibilidad.

Medio año después, mis padres empezaron a actuar como si mi hermano nunca hubiera existido. Se habían olvidado de él, o tal vez lo daban por muerto.

Cuando volvimos a visitar al abuelo en la residencia, le conté lo que había pasado. El abuelo estaba peor cada día, y le costó reconocerme. Cuando le dije que mi hermano mayor se había ido por el pasaje, se cabreó. Se puso a dar gritos y a abrir y cerrar la boca como si quisiera morderme. Me puso la cara perdida de saliva. Entre toda aquella locura, llegué a entender un par de frases. Algo así como que debía ir a buscarlo, que mi hermano estaba esperando y que corría un gran peligro. Claro que no dijo esas frases exactamente, solo palabras sueltas a las que le añadí el resto para darles sentido.

Sabía lo que debía hacer: rescatar a mi hermano. Reuniría todo el valor que me fuera posible y bajaría al desván esa misma noche. Puse un bocadillo, una botella de agua, una linterna y una navaja suiza en mi mochila. Cogí una cuerda del garaje y la escondí en mi habitación. Cuando mis padres se fueron a dormir, me levanté en silencio, me vestí y cogí las cosas de debajo de la cama.

¿Serán ciertas las historias del abuelo?

El desván estaba oscuro como la boca del lobo. Aunque encendieras la luz, la penumbra nunca se iba del todo. Solo había polvo y muebles viejos cubiertos con mantas. La garganta empezó a picarme, así que di un trago de la botella que llevaba en la mochila. El abuelo nos había avisado que el pasaje no se veía a simple vista, había que buscarlo y, si éste quería, se dejaría encontrar. Busqué por todos lados –el desván no era muy grande, pero estaba lleno de trastos–, y al cabo de diez minutos removiendo muebles, di con algo. Detrás de un escritorio y una estantería alta como un castillo, encontré la puerta roja.

El pomo era dorado y brillaba como si fuera nuevo. La puerta parecía recién instalada y, cuando me acerqué a ella, sentí un leve ronroneo al otro lado. Pensé en un gato gigante, una mezcla de gato y tigre que esperaba a que abriera la puerta y lo liberase.

Tenía miedo, pero también curiosidad, y sobretodo atracción. Era como si la puerta me estuviera seduciendo para que la atravesara. Até un extremo de la cuerda a las tuberías del gas –comprobé mil veces que no se desataba dándole tirones– y me até el otro a la cintura. Si iba a buscar a mi hermano y daba con él, la cuerda me ayudaría a encontrar el camino de vuelta.

Puse la mano sobre el pomo, cerré los ojos y abrí la puerta. No escuché nada, ni siquiera el ronroneo del tigre gato. Di un paso al interior y abrí los ojos. Me encontraba de nuevo en el desván. Era una sensación extraña. No podía ser el mismo desván. Imposible. Había cruzado la puerta, tenía que haber ido a otro lugar. Me aventuré un poco más y estudié el lugar donde me encontraba. Era el desván de mi casa y a la vez no lo era. Los colores eran más apagados, como si estuviera en una película en blanco y negro, y los muebles estaban colocados en el lado opuesto a cómo los recordaba. Escuché un ruido que provenía de la casa, al lado de las escaleras.

Atravesé el desván y subí por las escaleras, esperando encontrarme en el comedor de mi casa. No había casa por ningún lado. No había nada. Al subir las escaleras me encontré en un montículo de hierba color ceniza y un desierto de dunas infinitas del mismo tono grisáceo. Observé a mi alrededor. Mirara donde mirase, no había más que desierto. Kilómetros y kilómetros de dunas grises y un cielo nocturno estrellado. No corría el aire, no hacía ni frío ni calor. No hacía nada. Todo era gris y neutro. Estaba aterrorizado.

Bajé corriendo las escaleras para regresar por dónde había venido. Como sospechaba, la puerta había desaparecido y la cuerda parecía haber sido cortada. En su lugar había una pared de ladrillo firme y robusto, como si llevara allí siglos. Había leído demasiados libros de terror como para saber que algo así podía ocurrir. Caí de rodillas y me puse a llorar. ¿Qué podía hacer? Me encontraba en un desierto gris y mudo, con la intención de encontrar a mi hermano, y ni siquiera sabía por dónde empezar a buscar. No parecía que la puerta roja fuera a volver, así que me sequé las lágrimas y subí las escaleras.

El desierto seguía allí, pero algo había cambiado. A lo lejos me pareció ver una luz, tal vez de una linterna o de un fuego. No tenía otro lugar al que ir, así que me puse en marcha hacia la luz.

Caminar por las dunas grises costaba más de lo esperado. Las piernas se me hundían hasta las rodillas y poner un pie delante del otro requería de un gran esfuerzo. Por mucho que caminara, la luz no parecía estar más cerca, siempre quedaba a la misma distancia. Me detuve a beber un poco de agua. Sé que el agua no tiene gusto, pero me supo insípida y ni mucho menos aplacó mi sed. Volví a guardarla en la mochila y continué la marcha sin demasiadas esperanzas.

Pensé que me desmayaría pero, afortunadamente, llegué a la luz. No sabría explicar cómo lo hice. Simplemente seguí caminando, cerré los ojos un segundo, y cuando los volví a abrir, me encontraba ante una hoguera que daba luz, pero no calor. Allí me encontré con un anciano que parecía dormido. Me lo quedé mirando unos instantes, para comprobar si estaba vivo. Aunque de manera leve, escuché su respiración.

¿Tendrá fin el desierto mudo?

Entonces me miró. Sus ojos, cubiertos por una capa acuosa blanquecina, me hicieron pensar que estaba ciego. Yo no supe qué debía hacer o decir. Fue el anciano el que habló primero. Al principio no comprendía sus palabras, pero al segundo intento le entendí. Me había llamado por mi nombre.

Vi lágrimas surcando sus arrugadas mejillas. Intentó levantarse pero volvió a caer de culo. Se me quedó mirando mientras su respiración se volvía más pesada y ronca. Parecía estar a punto de morir. Me parecía que estaba diciendo algo, pero no le quedaban fuerzas más que para susurrar. Me acerqué para escucharle y entendí sus palabras justo antes de que emitiera su último aliento.

–Sabía que vendrías a buscarme, hermanito.

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