Realidad 7.0 (Parte I)

30 minutos para escoger champú…

Champú y acondicionador “Silverstar”. Era la primera vez que lo veía en las estanterías de cosméticos, pero prometía un cabello brillante y sano. Solo quedaba uno, así que debía de ser bueno. Lo echó al carro y se dio por satisfecho. Había tardado treinta minutos en elegir el champú y otros diez el dentífrico. Y cada vez que iba a supermercado pasaba por lo mismo. Tampoco es que le importara, no tenía ninguna prisa. Nadie le esperaba en casa y no había ningún trabajo al que tuviera que acudir.

Martin Wallace era un tipo sencillo. De mediana estatura, en la cuarentena, con una incipiente barriga que amenazaba con hacer saltar los botones de la camisa cualquier día de estos. Caminaba por la vida sin hacer mucho ruido, de manera discreta. Era feliz, a su manera.

Una vez en casa, se dispuso a colocar la compra en el frigorífico mientras se tomaba una cerveza negra bien fría. Encendió el aire acondicionado y permaneció unos segundos bajo la agradable corriente helada mientras hojeaba el correo. Cuando se hubo refrescado, ubicó los enseres de ducha en el lavabo y se puso el pijama.

Tras una hora viendo la tele y con un par de salchichas como cena, fue al lavabo por una pequeña urgencia. Sentado en la taza, agarró el nuevo champú y leyó su composición mientras hacía de vientre. Por supuesto, no conocía ni la mitad de los componentes que formaban aquel milagroso acondicionador, pero era una manera de distraerse. Deseó parecerse al tipo de la foto: una sonrisa blanca y perfecta, y una melena de ensueño. Tras recuperarse de un cáncer dos años atrás, Martin intentaba cuidarse el poco pelo que le quedaba sobre el cráneo. Fue una mala época, malísima. Aunque tampoco le había ido tan mal desde entonces.

Observó el logotipo de letras rojas.

Silverstar

        Y un poco más abajo decía:

El champú y acondicionador más vendido del mundo*

         ¿El más vendido del mundo? ¿Y cómo es que no lo había oído antes? No le sonaba en absoluto. Nunca lo había visto anunciado en televisión. Su atención recayó en el asterisco al final de la frase y buscó la explicación en el anexo. En letras diminutas pero legibles decía:

*Realidad 7.0

Se lo quedó mirando un buen rato, con el ceño fruncido. No comprendía su significado y le dio por pensar que se trataba de un error. Cuando hubo terminado de hacer sus necesidades, dejó el champú en el estante y se metió en la cama.

Era una completa locura, pero no lograba quitarse de la cabeza lo del champú. Al comprender que le sería imposible conciliar el sueño si no encontraba una explicación, fue hasta la mesa del escritorio y encendió el ordenador. Al parecer, la empresa que lo comercializaba se llamaba NIVO, y hacía más de diez años que estaban en el negocio de la cosmética.

Leyó la página de NIVO de arriba abajo y no encontró nada que se refiriera a la Realidad 7.0. Martin se relamía de entusiasmo. Se creía un detective siguiendo una pista que lo llevaría a desentramar un gran misterio. Visitó otras webs con el mismo resultado. Al verse en un punto muerto, buscó un teléfono de contacto. No había número al que llamar pero sí la dirección de una de sus fábricas que, afortunadamente, se encontraba en su misma ciudad. Martin sonrió mientras la apuntaba en un papel. Se fue a la cama y esta vez sí consiguió dormir.

Al amanecer se sentía lleno de vida, como no se había sentido en mucho tiempo. A cualquier otra persona le hubiese parecido una tontería, pero no a Martin. Aquel “caso” le daba sentido a su rutinaria existencia.

Martin no tenía el permiso de conducir, nunca tuvo el tiempo ni las ganas de sacárselo. Iba a todos lados a pie, le gustaba pasear. Y cuando debía ir lejos, usaba el transporte público. Además, el autobús de la línea cuarenta y cinco lo dejaba bastante cerca de la fábrica.

Cuando se apeó se encontraba en una zona desierta en la que había un edificio de proporciones similares a un centro comercial mediano. Un gigantesco rótulo rezaba NIVO en letras de color rojo oscuro. Había llegado. Las puertas delanteras estaba cerradas con una gruesa cadena y no le llegó ningún sonido del interior. Como no había nadie por las inmediaciones rodeó el edificio, al parecer abandonado, en busca de una entrada alternativa. No tardó mucho en dar con un par de tipos que cargaban cajas en un furgón viejo y destartalado. Uno, el más mayor y el que parecía dar las órdenes al más joven, vestía una sudorosa camiseta de tirantes que amarilleaba en la zona del pecho y la espalda. Fue el primero en darse cuenta de la presencia de Martin.

–Buenos días, caballeros –dijo Martin con una amplia sonrisa.

Los trabajadores no le devolvieron el saludo y siguieron a lo suyo. Por supuesto, Martin no se iba a dar por vencido, había venido con una gesta muy clara y no se iría de allí sin una respuesta.

–Hola –insistió–. Me gustaría hablar con el gerente de la empresa.

–No está aquí ­–dijo el joven sin parar de apilar cajas.

–¿Y sería tan amable de indicarme su paradero? Necesito aclarar con él un asunto.

–Ya le ha dicho que no está –dijo el de la camiseta de tirantes–. Y ahora dese el piro, está en una propiedad privada.

–Puede que uno de ustedes pueda contarme algo sobre el champú y acondicionador Silverstar.

–Mira capullo –dijo el hombre de tirantes, mirándole directamente– te hemos dicho por las buenas que te largues, y si no es por las buenas, llamaré a la policía y…

–Sé lo de la realidad 7.0 –interrumpió Martin desconociendo la transcendencia de sus palabras.

¿Qué esconde su interior?

El tipo quedó paralizado con una caja en las manos que parecía pesar una tonelada. Los dos trabajadores se procesaron una mirada culpable durante unos segundos. Martin sabía que había dado en el clavo. El de los tirantes sacó un walkie talkie del bolsillo de sus raídos vaqueros.

–Espere aquí –le dijo mientras se alejaba unos metros. Habló con alguien en voz baja, lo justo para que Martin solo pudiera escuchar un leve murmullo. Regresó al cabo de un minuto sudando aún más.

–Alguien vendrá por usted en un minuto –le dijo con seriedad.

Terminaron de cargar las cajas restantes, se subieron al furgón y desaparecieron por la carretera sin decir nada más.

Martin esperó cinco minutos, dando por hecho que le habían tomado el pelo. Cuando cavilaba sobre si volver a casa, uno de los portones de la nave empezó a abrirse. El portón se deslizó a un lado, lo justo para que un hombre saliera del interior. Era de mediana estatura y esplendorosamente calvo. Vestía un traje gris hecho a medida y se movía con elegancia a pesar de una leve cojera al caminar. A Martin le recordó al empleado de una funeraria. Cuando estuvieron cara a cara, el hombre le profirió una sonrisa increíblemente sincera y le ofreció la mano. Martin se la estrechó y le devolvió la sonrisa.

–Mi nombre es Félix Cremme, gerente comercial y asesor financiero de NIVO. ¿Con quién tengo el placer de hablar? –le dijo con voz suave y agradable.

–Martin Wallace, disculpe que venga sin avisar, pero compré uno de sus productos y…

–Ah, ya, el champú y acondicionador Silverstar ¿no es así? También me consta que conoce la existencia de la realidad número siete.

–Bueno –titubeó–, en realidad no. Pero compré un bote de champú y en el dorso decía algo sobre eso. Simplemente, quería saber qué significaba.

–Ummm –musitó. Félix Cremme mantuvo silencio sin apartar los ojos de los de Martin, como si estuviera decidiendo qué hacer a continuación. Fueron unos instantes eternos hasta que por fin abrió la boca de nuevo–. Debe haber sido un error de imprenta.

–¿Cómo dice?

–Lo de la botella de champú. Rara vez sucede algo parecido, pero el sistema no es infalible. De todos modos, la gente no suele leer lo que dice la letra pequeña en los productos, pero usted sí lo hizo.

–Tengo mucho tiempo libre –dijo con orgullo.

–Creo que se ha ganado un viajecito por Mundo Siete ¿qué le parece la idea?

–Pues no tengo ni idea de a qué se refiere, pero suena genial.

–Acompáñeme, por favor –le dijo con una sonrisa, encaminándose hacía la nave.

El interior del edificio estaba vacío. Solo metros y metros de suelo de cemento cubierto por una capa de polvo blanco, acumulado por años de dejadez. Una vez ambos estuvieron dentro, se quedaron junto a la entrada y Félix cerró el portón y extrajo del bolsillo interior de su americana una pequeña Tablet. Abrió una aplicación y pulsó unos cuantos números en la pantalla. Se oyó un ligero pitido y se volvió hacia Martin.

–Después de usted –le dijo dándole paso.

¿Y si existiera otra realidad?…

Martin se sintió incómodo, pero le siguió el juego. Volvió a salir por la misma puerta por la que había entrado cinco segundos antes. Cuando salió al exterior, se quedó atónito. Parecían encontrarse en un lugar diferente. La zona desierta se había convertido en un extenso jardín, lleno de flores multicolor y árboles altos como edificios.

–Bienvenido a Mundo Siete, señor Wallace –dijo Félix Cremme con orgullo.

Martin no supo qué decir. Aquello se escapaba a su comprensión. Era como si hubieran viajado a otro lugar en cuestión de segundos, pero sin moverse.

–Yo… –logró decir.

Fin de la Primera Parte…

CONTINUARÁ

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