Realidad 7.0 (Parte II)

Parecido, pero no el mismo…

–Ah, claro. Es su primera vez, y como tal merece una explicación. Nos encontramos en Mundo Siete o, para que lo comprenda, la realidad número siete punto cero. En esta realidad el champú y acondicionador Silverstar es el más vendido.

–No acabo de comprender –dijo Martin con sinceridad. Aquello le quedaba muy pero que muy grande.

–No se preocupe, ésta es una visita guiada y yo le explicaré todo lo que necesite saber. Para empezar –dijo al tiempo que se ponía a caminar– NIVO se dedica a la venta de productos cosméticos en varias realidades, no se hace una idea de lo fructífero que es eso. ¿Por qué proveer de nuestros productos a una sola realidad cuando existen infinidad de ellas? He de confesar que una sola realidad se nos quedó pequeña hace mucho. Huelga decir que amasamos una fortuna con esto.

–¿Y qué diferencias tiene Mundo Siete con el mío?

–Incontables, por supuesto. Hay infinitas realidades, infinitos mundos en los que las diferencias pueden ser ínfimas o abismales. Ha de comprender que cualquier pequeña decisión da paso a una realidad alternativa que coexiste con las otras. Cada vez que decide si girar a la izquierda o a la derecha, está cambiando el curso de la vida de manera drástica. Cada vez que usted no ha hecho algo, otro Martin Wallace sí lo hizo.

–¿Significa eso que otro Martin Wallace existe en esta realidad?

–Por supuesto ¿tan difícil es de comprender?

–No se hace una idea –confesó Martin.

Félix miró la pantalla de su Tablet y leyó el texto.

–Me consta que usted no dispone de carnet de conducir ¿no es así?

–No, nunca lo he necesitado.

–Bien, pues el señor Wallace de Mundo Siete se lo sacó a la primera. Empezó a trabajar como repartidor en una frutería.

–No suena muy bien que digamos –dijo con jactancia.

–En su tiempo libre estudiaba empresariales y en un par de años fundó su propia empresa. Importación y exportación de fruta.

–Bueno, tampoco le fue tan mal.

–Gracias a su empresa ganó su primer millón en poco tiempo. Hace ya unos cuantos años que dejó de trabajar para dedicarse a su mujer y sus hijas.

Martin guardó silencio.

–¿Todo eso lo está leyendo de ahí? –le dijo señalando la Tablet.

–Por supuesto. Este pad contiene toda la información de cualquier habitante de todas las realidades con las que NIVO trabaja.

Volvió a guardar silencio.

–¿Ha dicho que el Martin de esta realidad tiene familia? –preguntó.

–Así es. Mujer y dos hijos preciosos. El señor Wallace de Mundo Siete es un hombre rico.

–Mmm –musitó Martin entre dientes –¿Puedo saber con quién se casó?

–Por supuesto, su nombre es Mia Wallace, su apellido de soltera era Ravenport.

–¿Con Mia Ravenport? No fastidies.

Martin no cabía en sí del asombro. Mia Ravenport había sido el amor de su juventud. Cuando reunió el valor necesario para pedirle una cita ésta le rechazó con una sonrisa sardónica en los labios. Desde entonces le costaba horrores acercarse a cualquier chica.

–Me rechazó en el instituto –dijo.

–Sí, aquí sucedió lo mismo, pero el señor Wallace volvió a intentarlo –aclaró Félix–. Obtuvo el carnet de conducir y, al cabo de una semana, montado en su Ford de segunda mano, volvió a invitarla. No hace falta decir que esta vez ella aceptó. Empezaron a salir y dos años después se casaron. Unos meses después, Mia quedó encinta de su primer hijo.

Martin no supo qué decir. No era posible que su vida fuera tan diferente por algo tan estúpido como tener el permiso de conducir. Era increíble, tanto que se negaba a creerlo.

–Pero no es oro todo lo que reluce –se aventuró a decir Felix con los ojos clavados en el pad–. En esta realidad su padre falleció hace seis años. Fue el cáncer el que, tras ocho meses de agonía, se lo llevó. Siento decirle que su padre estaba en la más completa soledad cuando ocurrió.

Martin lo observaba con detenimiento, divagando sobre si las palabras del señor Cremme eran ciertas. De donde él venía, su padre tenía una salud férrea y disfrutaba de una merecida jubilación en su casa de las afueras. Martin lo visitaba tres o cuatro veces al año y se llamaban una vez al mes. Todas las navidades, su padre le enviaba dinero alegando que ya era demasiado mayor para buscar un regalo.

–El Martin Wallace de esta realidad nunca se perdonó el no haber estado al lado de su padre cuando falleció. La moneda siempre tiene dos caras ¿sabe? –aclaró Félix.

–¿Y qué hay de mi madre? –preguntó Martin casi sin pensar.

–Su madre sigue viva en esta realidad.

¿Qué información esconde la Tablet de Felix?

Su madre murió de cáncer de mama cuando él era un niño. No llegó a conocerla lo suficiente y a veces se preguntaba qué aspecto tendría si siguiera con vida.

–Así que en esta realidad murió mi padre y no mi madre.

–Exactamente –confirmó Félix–. Hay infinitas realidades con infinitos resultados. Cualquier cambio, por pequeño que sea transcurre libremente en cada realidad.

Mantuvieron silencio durante unos minutos, caminando entre la gente que paseaba por las calles. Todo era prácticamente igual, los comercios, la mayoría de edificios y hasta los rostros con los que se cruzaba. Salvo algún que otro rascacielos que no recordaba, su antiguo barrio, era idéntico al de su realidad.

 Sus ojos descendieron hasta la iluminada pantalla que Félix llevaba entre las manos e intentó distinguir alguna palabra, sin éxito. Una se instaló en su cabeza tan de repente que no pudo contenerse de preguntar.

–Mi otro yo, el otro Martin Wallace ¿dónde vive? –dijo.

–A tres kilómetros del centro, en una mansión en primera línea de mar, en la Bahía Cristal.

–¿Podemos ir a verlo?

–¿Al señor Wallace? –Félix parecía extrañado por la pregunta.

–Sí, me gustaría ver cómo es.

Félix bufó con tranquilidad, tomando aire antes de responder.

–Mire, no voy a decirle que la realidad entraría en una singularidad tal que acabaría destruyendo el universo si usted y el señor Wallace entraran en contacto. Esto no es un viaje en el tiempo. Pero no es nada aconsejable que dos sujetos idénticos de distintos mundos compartan la misma realidad. No es que esté prohibido, es mucho más complicado que eso.

Félix miró con atención la pantalla del pad y frunció el ceño.

–De todas formas, se hace tarde y sería conveniente que lo llevara de vuelta a su mundo lo antes posible –dijo Félix.

–Ya veo –dijo Martin, claramente decepcionado.

No pertenecía allí pero, bien mirado, era casi igual que de dónde venía. Podría llegar a acostumbrarse. En su realidad no era más que un tipo triste que cobraba una pensión del estado y sin ninguna motivación en la vida. Y cada día era idéntico al anterior. Sin embargo, aquí, Martin Wallace era un triunfador, se había casado con su primer amor y tan solo le preocupaba no haber estado presente cuando su padre murió. Podía renunciar a eso. Podía renunciar a ver a su padre en días señalados a costa de todo lo que el otro Martin poseía. Podía y debía hacerlo. Por primera vez en su vida no dudó. Era una decisión tan clara que le dolía no haberla tomado antes.

–¿Se encuentra bien? –preguntó Félix, volviéndose con cara de preocupación.

–Sí, sí, por supuesto –se apresuró en contestar profiriendo la sonrisa más sincera que pudo.

–Ver esto da que pensar ¿no es así? –preguntó.

–Así es.

Cuando se aventuraron en la arboleda, de regreso a la fábrica, Martin buscó algo consistente en el suelo. Dio con una roca perfecta y la agarró con un rápido movimiento, asegurándose de que el señor Cremme no se percatara. Cuando divisó los portones de la nave, decidió que había llegado el momento. Se aseguró de que no hubiera nadie por las inmediaciones que pudiera verlo y descargó un golpe con todas sus fuerzas contra la cabeza de su guía. Escuchó un crujido cuando la roca impactó contra el cráneo desnudo. Felix se desplomó sobre la hierba sin hacer ruido. Estaba K.O. La sangre empezó a manar de la herida y Martin se apresuró a coger el pad del suelo. Volvió a mirar a todos lados. Por suerte no había nadie cerca.

Escondió el arma homicida entre los matorrales y se cercioró de no tener restos de sangre en las manos. Respiró hondo durante unos instantes hasta que se hubo serenado y buscó los datos de su otro yo. No era más complicado que una aplicación de móvil y pronto dio con lo que buscaba. Escribió su nombre en el buscador y el programa hizo el resto.

Se encaminó hacia la bahía Cristal siguiendo el mapa que le indicaba la pantalla. Tardó dos horas en llegar. La bahía era como recordaba: surfistas cabalgando las olas, gente paseando al perro y las imponentes casas gobernando la playa. En una de aquellas sería dónde iniciaría su nueva vida. Era la número siete. Una casualidad que compartiera el mismo número favorito.

 Dejó la carretera y al llegar a la casa, la rodeó y fue a esconderse tras las palmeras de la parte de atrás. Se sentó en una piedra desde la que tenía buena visibilidad del interior de la casa y esperó.

Tras diez minutos de espera, percibió movimiento tras el amplio ventanal de la parte trasera. Se quedó sin aliento al verse a sí mismo. La imagen era surrealista. Era él, sin duda. Más delgado y con más pelo en la cabeza, hasta podría decirse que de aspecto más atlético, pero no había duda de que era él. Sus movimientos eran más gráciles y parecía más despierto que Martin. En aquel momento hablaba con su mujer en la cocina mientras dos niños correteaban por el salón. Mia estaba radiante. Más mayor que en la época del instituto pero con la misma belleza natural. Su sonrisa resplandecía bajo la blanca luz de la cocina. Martin no pudo contener un pinchazo de envidia.

Su yo alternativo es todo lo que hubiera querido ser.

Ahora lo veía claro, esa vida le pertenecía. El otro Martin no se merecía todo aquello. No, ni hablar. Por culpa de un estúpido carnet de conducir no iba a renunciar a una vida de lujo y a una familia perfecta. Además, ¿qué le quedaba a él en su realidad? Solo una vida vacía y sin sentido en la que nadie lo echaría de menos si no regresaba.

No había vuelta atrás: lo mataría y tomaría su lugar. ¿Podía ser tan fácil? Martin se frotó las manos y se atusó la escasa cabellera, estaba pletórico. Era tan sencillo que daba miedo. La mejor idea que había tenido nunca.

Volvió a poner atención en lo que sucedía en la casa. La familia feliz seguía charlando gozosamente sin sospechar nada en absoluto. Y así debía ser. Esperaría a que la mujer y los niños abandonaran la casa y entonces se colaría para acabar el trabajo.

Transcurrieron dos horas hasta que el otro Martin se quedó solo. Los niños llevaban palas y una pelota y corrían hasta la playa seguidos por su madre. A buen seguro tardarían un rato en volver. El suficiente para hacer el “cambiazo”.

Martin se pasó la lengua por los labios resecos, saboreando el momento. Miro a los lados en busca de un arma con la que perpetrar el asesinato, pero no encontró nada útil más allá de hojas de palmera seca. Qué más daba, lo estrangularía con sus propias manos si era necesario.

Se acercó a la casa caminando con tranquilidad, como si viviera allí. Caminó con paso decidido y se introdujo en el jardín trasero. La portezuela recién pintada se encontraba abierta y en un momento estaba ante la ventana corredera que daba al comedor. El otro Martin se hallaba al fondo de la habitación, de espaldas y hablando por el móvil. Por fortuna, la ventana estaba también abierta y la deslizó con sumo cuidado y en silencio. El otro Martin ni siquiera se dio cuenta.

Martin se tomó unos instantes para admirar su nuevo hogar. No faltaba nada. Muebles caros, piso recién encerado, y electrodomésticos de última generación. Hasta el televisor parecía una pantalla de cine. El otro Martin continuaba hablando animosamente por el móvil, brindándole a Martin el ruido suficiente para enmascarar sus furtivos pasos. Se hizo con un candelabro de un estante y decidió no perder más tiempo. Era ahora o nunca.

Cuando estuvo a escasos metros, a punto de abordarle por la espalda, el otro Martin terminó la conversación telefónica y se volvió de repente. Los dos Martin se miraron con asombro. Sus ojos se examinaron durante unos segundos, como si no acabaran de creerlo. Era más íntimo que verse en un espejo, cada rasgo era el propio. Era como vislumbrar su propia alma.

Tras la catarsis, Martin cayó en la cuenta de que en la expresión de Wallace no había ni una pizca de sorpresa, o por lo menos, que esta había desaparecido. Entonces se fijó en algo que llevaba en la mano izquierda: un pad idéntico al suyo, pero con la carcasa de color rojo. Esos instantes de vacilación le hicieron perder la iniciativa. Lo que ocurrió a continuación sucedió en milésimas de segundo. Con un grácil movimiento, el otro Martin le puso la mano en el cuello y, tras sentir un pinchazo a unos centímetros de la clavícula, los ojos se le cerraron como persianas. Antes de sumirse en la inconsciencia notó como su cuerpo caía a plomo sobre el tapizado suelo.

Al despertar le dolía la cabeza. Poco a poco, fue cobrando conciencia de lo sucedido. Su primera sorpresa era que aún estaba vivo. Intentó moverse, pero tenía los músculos entumecidos. Movió la cabeza de un lado a otro para despabilarse y abrió los ojos. A juzgar por la penumbra, era de noche y la única luz que iluminaba el lugar era la de la luna llena. Descubrió que estaba encadenado a una silla y que se encontraba en un embarcadero, al borde del mar. Tan solo veía las negras olas lamiendo con infinita paciencia los pilares de madera que lo sostenían. La brisa marina traía consigo un olor salado y selvático nada tranquilizador. Tragó saliva. Tuvo ganas de gritar, de llorar. Sentía el sabor del miedo en la boca. Todo había salido mal, como siempre.

Escuchó unos pasos a su espalda. Ni siquiera intentó volverse. No podría hacerlo y sabía exactamente a quién pertenecían. Sintió como el otro Martin le ataba algo a los tobillos, algo metálico a juzgar por el sonido chirriante que producía al rozar la madera embarcadero. Se le ocurrió que podía pedir clemencia. Quizá si le suplicaba piedad lo dejaría volver a su mundo. Lo pensó dos veces antes de abrir la boca. Él mismo no lo haría.

El otro Martin le colocó las manos sobre los hombros y le susurró al oído.

–No es nada personal, pero no voy a dejar que nadie venga a usurpar mi puesto –dijo.

Solo hay sitio para un Martin en la realidad 7.0

Tras esas palabras, Martin sintió como le arrastraba hasta el borde del embarcadero. Sin perder un segundo, fue lanzado al mar como un mueble viejo. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar mientras caía. Las aguas negras lo engulleron con un leve chapoteo y todo se sumió en un silencio espeso y frío. Sintió como se sumergía más y más por el peso que llevaba encima. Pasó una eternidad hasta que llegó al fondo y se detuvo. Sentado en la silla y encadenado como un mago de los de antes, abrió los ojos como acto reflejo. La escasa luz de luna que lograba traspasar el agua iluminaba el fondo lo suficiente para mostrarle lo que había a su alrededor. A su derecha se encontraba un cadáver, también encadenado a una silla. Era Martin Wallace. Otro Martin Wallace. Lo miró asombrado. Llevaba mucho allí abajo a juzgar por el color verduzco de su piel. Se giró a su izquierda. Otro cuerpo idéntico a él pero mucho más reciente. Los pulmones le ardían y sabía que en algún momento y de manera instintiva intentaría respirar. Ese sería su final. Acabó dándose por vencido. Miró al frente y tomó una bocanada de agua salada que le inundó los pulmones. Mientras se ahogaba, pudo vislumbrar un centenar de sillas sobre las que se sentaban un centenar de Martin Wallace que le harían compañía mientras exhalaba su último aliento.

Por lo menos no moriría solo.

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