Palos y piedras (Parte I)

La única manera de sobrevivir es bajo tierra.

–Es hora de irse a la cama.

–Noooo –rogaron Elsa y Calvin al unísono.

­–Se ha hecho tarde, sabéis lo qué significa –dijo Clyde en tono conciliador.

–Cuéntanos otra historia, papá –rogó la niña con los ojos llenos de esperanza.

–Si os portáis bien, mañana os contaré otra.

A regañadientes, los niños se fueron a su habitación seguidos de cerca por Clyde. Se sentó entre las dos camas, esperando a que estuvieran bajo el calor de las gruesas mantas. Una vez tapados hasta la barbilla, Clyde les dio un beso en la frente a cada uno. Ellos sonrieron y se acomodaron en sus lechos. Clyde se levantó, se detuvo en el umbral de la puerta y se volvió hacia ellos.

–¿Recordáis qué debéis hacer si tenéis pipí en plena noche? –preguntó.

–Nunca encender la luz –empezó Calvin.

–Coger la lámpara de aceite –prosiguió Elsa.

–Y procurar no hacer ruido al ir al lavabo –finalizó el niño.

–¿Y por qué hacemos eso? –preguntó Clyde.

–Para que los monstruos no puedan encontrarnos –dijeron a la vez.

–Muy bien, niños. Buenas noches –dijo al tiempo que cerraba la puerta.

–Buenas noches, papá –respondieron.

Elsa y Calvin durmieron como lirones. Ningún ruido del exterior perturbó su descanso aquella noche.

Cuando despertaron encontraron a su padre preparando el desayuno acostumbrado: leche en polvo con galletas y gachas, que sacaba a cucharadas de una lata de tamaño industrial. Los niños se sentaron a la mesa y comieron con fruición bajo la atenta mirada de Clyde. Encendió el televisor y puso un DVD para entretenerlos. Allí abajo no había ventanas por las que asomarse, ni jardín en el que jugar. Solo los fluorescentes que pendían del techo iluminando la estancia de un blanco neutro y frío indicaban que el sol había salido allá fuera. Elsa y Calvin se entretenían en los cincuenta metros cuadrados que conformaban su hogar. Tenían permitido el acceso al comedor, cocina, lavabo y sala de estar. El resto de habitaciones, desconocidas para los niños, permanecían cerradas con llave.

Cuando hubieron terminado el desayuno, Calvin se acercó hasta el fregadero y limpió los cuencos de las gachas bajo el potente chorro de agua. Clyde mordisqueaba galletas saladas con la vista perdida mientras los niños reían lanzándose puyas.

–Niños, hoy saldré afuera –les informó con seriedad.

–¿Hoy? Pero si tenías que contarnos una historia –dijo Elsa desilusionada.

–Estaré de vuelta antes del anochecer, no os preocupéis.

–¿De verdad tienes que irte? –dijo Calvin.

–La despensa está cada vez más vacía y, si queréis seguir desayunando con esa voracidad, es necesario.

Los niños se miraron con tristeza y abrazaron a su padre.

–Ten cuidado, papá –dijo la niña atenazando el brazo de Clyde.

–Siempre lo tengo. Si puedo os traeré lápices de colores para que dibujéis algo bonito ¿qué os parece la idea?

–Sí, sí, sí –gritaron dando saltos de alegría.

Hacía tiempo que se les habían terminado los rotuladores de colores y solo les quedaba un bolígrafo de color azul que estaba en las últimas. Elsa y Calvin llenaban las hojas de las libretas con pura imaginación, pero los dibujos que colgaban por el pasillo siempre eran del mismo color azul oscuro, monótono y triste.

Clyde abandonaba el refugio una o dos veces por semana. Salía en busca de víveres, o de cualquier objeto que pudiera serles de utilidad. Según les había contado a los niños, fuera no quedaba nada tras la guerra. Las bombas y los agentes químicos lo habían devastado todo, habían envenenado la tierra. El aire era nocivo para los pulmones y, como les había asegurado, respirarlo más de un minuto conllevaba la muerte. Por se veía obligado a llevar el traje anti radiación. Armado con su vieja escopeta, salía por la compuerta que llevaba al exterior para explorar las ruinas de una sociedad arruinada en busca de algo que pudiera aprovecharse.

–Ya sois mayorcitos para tener miedo –les dijo a sus hijos.

–Tengo diez años –aclaró Calvin.

–Y como hermano mayor has de cuidar de tu hermana en mi ausencia –dijo–. No tardaré en volver, pero si algo ocurriera, cuida de ella como te he enseñado ¿queda claro?

Calvin asintió con exageración y fue a sentarse delante del televisor. Elsa permaneció inmóvil junto a su padre.

–Ve con tu hermano, Elsa –le dijo Clyde revolviéndole el pelo–. Debo prepárame.

Elsa le hizo caso y se sentó al lado de su hermano, no sin antes darle un ligero empujón y un pellizco en el brazo. Los dos rieron unos segundos antes de perderse en las imágenes de la pantalla como si nada hubiera pasado. Era increíble lo rápido que olvidaban los niños. A esas edades aún eran moldeables.

Clyde se dirigió a la sala contigua, en la que pasaba un rato preparándose y asegurándose de que llevaba todo lo necesario para la expedición. Al cabo de unos minutos, se aventuró al exterior. Elsa y Calvin escucharon cómo se cerraba la compuerta. Después siempre llegaba el silencio.

¿Volverá papá?

–¿Has visto el traje anti gravitación de papá? Yo sí –dijo con orgullo la niña.

–Es radiación, tonta, anti radiación, y no digas mentiras, tú no has visto el traje de papá –dijo Calvin con una sonrisa.

–Pues sí que lo he visto, lo vi por la ventanita de la sala cuando iba a salir, también vi la escopeta.

–Es mentira, papá nunca te dejaría acercarte tanto –Calvin empezaba a dudar si las afirmaciones de su hermana podían ser ciertas–. Y si es verdad que lo has visto ¿cómo es?

–Te lo has creído, tontorrón –dijo pellizcándole el brazo.

–Ah, para ya –ordenó Calvin–. Si no paras, dejaré la puerta abierta esta noche para que los monstruos entren.

–No digas eso –dijo deteniéndose de repente, visiblemente asustada.

–Entrarán en silencio, no les oirás llegar. Entrarán en la habitación y te comerán. Primero las piernas, luego las manos…

–¡Para ya! –gritó Elsa tapándose los oídos.

–Pues deja de pellizcarme.

Tras el pacto silencioso continuaron con la vista pegada al televisor. Pasó casi una hora hasta que Elsa abrió la boca.

–¿Tú has visto el traje de papá? –preguntó sin despegar la vista de la pantalla.

–No, –se sinceró Calvin– pero lo imagino como el astronauta de aquella película, caminando lentamente sobre un planeta desconocido en busca de lápices de colores.

Elsa sonrió.

–¿Crees que le ha pasado algo? –dijo.

–Es imposible. Papá es muy valiente.

–Es el más valiente del mundo –dijo Elsa con orgullo.

El reloj de la sala de estar indicaba que ya era de noche. Clyde no había aparecido y Elsa y Calvin se impacientaban. Su padre no acostumbraba a pasar más de unas horas fuera del refugio, y empezaban a pensar que algo malo le había sucedido.

–Está tardando mucho –puntualizó la niña.

–No pasa nada, estará bien –dijo Calvin más para él mismo que para convencer a su hermana.

–Pero es de noche.

–Volverá, ya lo verás. Lávate los dientes, casi es hora de irse a la cama.

–Lo haré si vienes conmigo, tengo miedo –confesó Elsa.

–Está bien.

Cogidos de la mano, fueron hasta el lavabo a cepillarse los dientes. Ante el espejo agrietado se hacían muecas y se reían el uno del otro hasta que la luz de la bombilla parpadeó.

–¿Y si vienen los monstruos? –dijo la niña con la boca llena de dentífrico.

–Si hacemos lo que papá nos ha enseñado no pasará nada –dijo Calvin mirando la bombilla del techo.

–Pero si entran…

–Si entran, yo te protegeré.

–¡Pero si solo tienes diez años! –dijo dándole un empujón con la cadera.

–No te preocupes, enana –dijo revolviéndole el pelo.

Pero Clyde no regresó cuando las luces empezaron a desfallecer. Calvin debía obrar como protector y actuar como si todo fuera bien a pesar de estar aterrorizado. En sus diez años de vida, nunca se había encontrado en aquella situación. Su padre siempre regresaba antes del anochecer con algo valioso en la mochila. Se sentaban a la mesa y cenaban mientras les contaba lo que había visto y qué aventuras había tenido.

Calvin debía mantenerse calmado a los ojos de su hermana. Temía contagiarle su incipiente terror, que aumentaba a cada minuto.

–Se le habrá hecho tarde –dijo–. Seguro que cuando vuelva nos trae algo chulo.

–¿Tú crees?

–Pues claro, ¿por qué iba a tardar tanto si no? –Dijo con una sonrisa–. Y ahora a la cama.

–¿Vienes conmigo? –preguntó con miedo en los ojos.

–Claro que sí, pero primero he de apagar el generador, si no los monstruos lo escucharán.

–Está bien –dijo sin estar demasiado convencida.

Una vez en la habitación, Calvin esperó a que su hermana se metiera en la cama. Encendió la lámpara de aceite y se dirigió hasta el comedor. Ante el inmenso panel sintió una punzada de miedo. Apagar la luz general era tarea de su padre, algo que hacía cada noche cuando ellos estaban ya en la cama. Les había advertido que, antes de la medianoche, se tenía que apagar la energía general del refugio, sino, llamaría la atención de los seres que campaban en el exterior. Su padre le había dicho cómo hacerlo, era una tarea simple que cualquiera podía hacer, pero era la primera vez que le tocaba hacerlo a él.

 Pasó el dedo por el interruptor, sin atreverse a accionarlo. Una vez lo hiciera, se iría la luz y el refugio se sumiría en la más completa oscuridad. Miró hacia el dormitorio. No le separaban más que un par de metros, pero, a oscuras, las distancias siempre eran diferentes. Se cercioró de que la lámpara de aceite estaba a pleno rendimiento y que no le daría ningún susto en su camino de vuelta. Tomó aire mientras reunía el valor necesario para hacerlo.

De repente advirtió un ruido que provenía de la compuerta externa y se le heló la sangre. Parecía como si alguien estuviera rascando el metal desde el exterior. ¿Tal vez fueran unas garras? Tragó saliva y esperó. Por suerte, aún no había apagado la luz. No pudo evitar sentir miedo al imaginar qué podría haber al otro lado. Permaneció inmóvil, escuchando con atención, rezando porque fuera su padre el que intentaba abrir la compuerta.

¿Quién está detrás de la puerta?

Tras unos segundos en completo silencio, se convenció de que su imaginación se la había jugado. No había nada ahí fuera, y mucho menos un monstruo con garras afiladas como navajas. Respiró profundamente y, con los ojos cerrados pulsó el interruptor. Un chasquido le indicó que las luces del refugio se habían pagado por completo. Cuando miró a su alrededor, suspiró aliviado al ver que la lámpara proporcionaba la luz suficiente para ver con claridad.

CONTINUARÁ...

-Ya puedes leer la segunda parte-

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