Palos y Piedras (Parte II)

¿Quién está al otro lado?

Caminó procurando no hacer ruido, como su padre le había enseñado, y llegó hasta la habitación donde Elsa le esperaba.

–¿Ha vuelto? –le preguntó con los ojos bien abiertos.

–No te preocupes, ya volverá –contestó mientras se metía en su cama–. Buenas noches.

–Buenas noches.

Y la luz de la lámpara se extinguió.

Cuando estaba a punto de quedarse dormido, Calvin escuchó un ruido. Esta vez sonaba dentro del refugio. A juzgar por su rostro acongojado, Elsa también lo había escuchado. Calvin encendió la lámpara sin llegar a salir de su cama.

–¿Es papá? –preguntó Elsa.

Calvin guardó silencio, intentando pensar qué hacer.

–¿Y si son los monstruos? –volvió a preguntar.

–Papá dice que no pueden entrar aquí dentro –aclaró Calvin.

–¿Y si han entrado?

Calvin se hizo la misma pregunta mentalmente. ¿Y si habían logrado entrar? ¿Qué les pasaría entonces sin papá y la escopeta para defenderles?

–Voy a ver –dijo armándose de valor.

–No me dejes sola.

–Solo será un momento.

–Tengo miedo.

–Yo también.

Calvin echó la manta a un lado y salió de la cama. Agarró la lámpara de aceite y salió de la habitación. Sus pies descalzos no emitían ruido alguno mientras caminaba hasta el comedor. Se acercó a la puerta de la sala externa, donde su padre se preparaba para salir al exterior, y se asomó por el ojo de buey. Solo había un pequeño pasillo que daba a la compuerta que les separaba del mundo. Allí no había nadie. Cuando estaba a punto de volver a la habitación, volvió a escuchar un ruido en la compuerta, similar al que creyó haberse imaginado un rato antes. En esta ocasión sonaba muy real.

Calvin estaba paralizado por el miedo. La lámpara le temblaba en la mano y le aterrorizaba la idea de volver a mirar por el ojo de buey. Aun así lo hizo. No vio nada, pero el persistente ruido sonaba cada vez con más claridad. Debía ir a ver. ¿Qué debía hacer en esta situación si no comportarse como un hombre? Agarró la manija y tiró para abrir la puerta. Tuvo que esforzarse para moverla, pero al final acabó cediendo. La compuerta se abrió con un leve chirrido. Era la primera vez en su vida que veía la sala con claridad. Un pequeño pasaje con paredes de cemento y una puerta con manivela en el fondo. Era como estar en una nave espacial. Al otro lado de aquella puerta se encontraba el mundo exterior. Le aterrorizaba estar tan cerca. ¿Qué horrores habría más allá de la compuerta? El solo hecho de pensarlo le helaba la sangre. Eran solo unos pocos centímetros de metal lo que le separaba del exterior, del horror, de los monstruos carnívoros.

Alguien o algo arañaba el metal sin descanso. ¿Tal vez uno de aquellos seres? Entonces la manivela giró y la compuerta comenzó a abrirse hacia dentro con un gruñido. Calvin no corrió, el miedo le atenazaba los músculos como si una mano lo apresara por los pies. Algo entró por la puerta y dio unos pasos en el interior del refugio. Calvin cerró los ojos, esperando el mordisco de la criatura que había logrado entrar en su hogar. En vez de eso, la puerta volvió a cerrarse  con un sonido metálico.

–¿Qué coño haces aquí? –dijo una voz.

Calvin no osaba abrir los ojos por miedo a lo que vería si lo hacía.

–¡Sabes que no puedes entrar en esta habitación!

Algo le agarró por el cuello y lo zarandeó. A principio notó un olor que le era desconocido, agrió y putrefacto. Calvin abrió los ojos y se encontró con los de su padre, inyectados en sangre.

–¿Dónde está tu hermana? –preguntó con voz lenta y pesada, como si le costara formar las palabras.

–Está durmiendo –logró decir Calvin zafándose de las manos de su padre.

–Eso deberías estar haciendo tú y no vagando por lugares que tienes prohibidos.

–Pero, papá, escuché un ruido y…

–No me importa, las normas están para cumplirlas –La voz de Clyde, a punto de convertirse en grito, sonaba extraña y pastosa–. Vete a tu habitación, no quiero verte hasta que amanezca.

–Lo siento, papá –dijo cabizbajo mientras volvía a su habitación.

–Más siento yo que me hayas decepcionado –indicó Clyde apoyado contra la pared como si le costara mantenerse de pie.

Decepcionado. ¿De verdad le había dicho eso? Si había ido hasta la sala externa era por los ruidos de la puerta, por proteger a su hermana de los monstruos. Eso le había inculcado su padre y eso había hecho. Lo miró por encima del hombro antes de entrar en la habitación. Pensó en volverse para excusarse. Algo en su fuero interno le decía que era mejor no intentar razonar con él. La manera en la que hablaba no era la habitual. Sus pasos erráticos lo hacían parecer desorientado. No atendería a razones.

Calvin entró en el dormitorio y se encontró a Elsa sentada en la cama, con los ojos como platos y la gruesa manta hasta la barbilla.

–¿Ha vuelto? –le preguntó en voz baja.

–Ha vuelto –susurró Calvin, metiéndose en la cama–. Duérmete.

–¿Papá está bien? –Elsa parecía realmente preocupada.

–Está un poco cansado. Y ahora cierra la boca y a dormir.

–Vale –aceptó al tiempo que se hacía un ovillo mirando hacia la pared.

Pareció dormirse en cuestión de segundos, calmada al saber que su padre había regresado. En cambio, Calvin no consiguió pegar ojo. Las palabras de su padre, por muy irregulares y extrañas que sonaran, le habían hecho daño. Hubiera preferido el mordisco de un monstruo carnívoro.

Por la mañana –y como cada día– se reunieron en la cocina, dispuestos a tomar el desayuno. Elsa se abrazó a Clyde y le dio un beso, contenta de tenerlo de vuelta. Calvin se limitó a sentarse a la mesa, observándole desde su silla, temeroso de la regañina que seguro estaba por llegar.

Comieron gachas en silencio, con el televisor encendido, donde emitían una serie de dibujos antigua. Elsa desayunó sin apartar la vista de la pantalla, hipnotizada por el gato grande que corría detrás de un pollito amarillo. Cuando terminaron, Calvin puso los cuencos en el fregadero y los limpió rápidamente. Quería irse de ahí lo antes posible. La tensión que inundaba el comedor era asfixiante.

–Calvin, no te vayas –dijo su padre– quiero hablar contigo. Elsa, ve a sentarte cerca de la tele.

La niña se levantó de la mesa y fue a sentarse sobre una almohada de patitos rosas, a un metro del televisor. Cuando estuvieron los dos solos, Calvin, tragó saliva, sin atreverse a mirar a su padre a los ojos.

–Lo de anoche estuvo mal –empezó a decir Clyde. Calvin permaneció en silencio, sabía que si no escogía bien sus palabras el asunto empeoraría–. Si hay normas en esta casa es por una buena razón, Calvin. Nuestra supervivencia. Si hubierais visto lo que yo ahí fuera… –dejó la frase en el aire y clavó la vista en sus manos apoyadas sobre la mesa–. No puedes hacerte una idea, hijo mío. Ahí fuera ya no queda nada para nosotros, solo el mal. Si lograsen entrar las criaturas que vagan por la tierra, nos matarían a los tres sin miramientos. Nos despellejarían como a un conejo. Nos arrancarían la piel a tiras ¿comprendes? Se comerían nuestros cuerpos, se quedarían nuestras pertenencias y quemarían nuestra casa. Y todo lo que he hecho hasta ahora habrá sido para nada.

–Lo sé, papá.

–Déjame terminar –dijo alzando una mano–. Oigas lo que oigas ahí fuera, nunca debes acercarte a la puerta. Lo de anoche fue un error que podríamos haber pagado muy caro. Solo yo tengo la llave para entrar desde el exterior ¿comprendes? Si llegas a abrir la puerta, solo Dios sabe lo que podía haber ocurrido. No estando yo para protegeros, debéis mantener silencio y no salir de vuestra habitación bajo ninguna circunstancia. Conoces las normas, Calvin, y las normas se han de cumplir.

–Estaba nervioso, papá. Pensábamos que te había pasado algo –se excusó Calvin mirándose la punta de los zapatos.

–Lo sé, por eso no voy a castigarte. Reconozco que no es habitual que tarde tanto en volver. Y comprendo que os pusierais nerviosos y que actuaras de esa manera. Sé que solo quieres proteger a tu hermana pequeña, pero la próxima vez, no salgáis de la cama. Y ahora ve con ella, pondremos una película –dijo con una media sonrisa.

–¿Por qué hay monstruos allí arriba, papá?

–Ya eres mayor para que te lo cuente ¿verdad?

Calvin asintió con solemnidad y se acercó a su padre para escuchar una de sus historias. Se había relajado casi sin darse cuenta y empezaba a disfrutar de aquel aire distendido que acababa de formarse.

–Antes vivíamos en grandes ciudades llenas de gente. Había coches circulando por las calles y las personas iban cada uno a lo suyo. Nadie conoce a nadie, se solía decir. Robos, asesinatos, el ser humano había tocado fondo, créeme. Luego llegó la gran guerra. Varios países entraron en conflicto por una región rica en petróleo, el combustible con el que el mundo entero funcionaba. Vuestra madre y yo lo veíamos por la tele cada día. Era habitual que transmitieran imágenes de una guerra que se libraba a miles de kilómetros de nuestra ciudad, en un lugar cuyo nombre era impronunciable. Dábamos por hecho que nunca llegaría a nuestro país. Entonces se empezó a hablar de bombas nucleares, y la guerra llamó a nuestra puerta. Una mañana como otra cualquiera, el mundo tal y como lo conocemos cambió para siempre. Se lanzaron varias cabezas nucleares y ya no hubo vuelta atrás. Lo que comenzaron siendo bombardeos a emplazamientos militares, se convirtieron en una matanza de civiles cuando las bombas cayeron sobre las ciudades. Millones de personas ajenas a la guerra perecieron bajo el fuego nuclear. Los que no murieron por las explosiones, lo hicieron de una manera agonizante por culpa de la radiación. Los que, como nosotros, tenían la suerte de disponer de un refugio, pudieron guarecerse a esperar a que todo pase.

–¿Y los monstruos? –preguntó Calvin con voz temblorosa.

–Los que sobrevivieron incluso a la radiación, se convirtieron en las criaturas que ahora vagan entre los escombros, y su única finalidad es la de alimentarse. El tiempo acabó borrándoles la humanidad que les quedaba, privándoles de alma. Por suerte para nosotros, no son muy listos y se les puede esquivar con facilidad. Pero por la noche sus sentidos se agudizan. Por eso hay que apagar el generador y no hacer nada de ruido. Si llegan a descubrirnos, nos masacrarán como a ganado.

–Lo siento, papá.

–Lo sé, Calvin.

El abrazo en el que se sumieron zanjó el conflicto sin añadir una sola palabra más.

Los días transcurrieron con normalidad para Calvin y Elsa, felices con su interiorizada rutina. Desayunaban, veían la tele, jugaban a las cartas, comían, veían una película los tres juntos, cenaban y de vuelta a la cama. Para Calvin y Elsa aquella era la única clase de felicidad que necesitaban.

Una mañana Clyde los reunió en el comedor. Su rostro imperturbable hizo que Calvin intuyera lo que iba a decirles.

–Debo volver a salir –dijo–. Se nos acaba el arroz y el bote de gachas está en las últimas. Sé que no os gusta que me vaya, a mí tampoco me gusta, pero es algo que debe hacerse. Los lugares cercanos están completamente vacíos y he de ampliar el radio de búsqueda. Es arriesgado pero necesario. Hay un supermercado abandonado a una hora de aquí, quiero comprobar si aún queda algo de valor en el interior.

–Puedo ir contigo –dijo Calvin.

–Ni hablar –respondió Clyde negando con la cabeza–. Debes quedarte y proteger a tu hermana. Cuando seas mayor puede que te deje salir conmigo pero, de momento, necesito que seas el hombre de la casa. Hoy tardaré un poco más de lo acostumbrado, quiero que mantengáis la calma y esperéis.

–Está bien –contestó Calvin desilusionado y aliviado por no tener que acompañarle.

–Y ahora, despediros de vuestro padre.

Los niños le abrazaron con ternura y le besaron cada uno en una mejilla. En cinco minutos, Clyde desapareció en la sala externa y salió por la compuerta con un chasquido.

–¿Crees que volverá? –preguntó Elsa con ojos vidriosos.

–¿Por qué me preguntas eso? –Se extrañó Calvin–. Claro que volverá, siempre lo hace.

–¿Has pensado qué pasaría si no volviera?

–Volverá.

–Pero si un día no lo hace ¿qué sería de nosotros?

–Yo saldría a buscarlo y lo traería de vuelta.

–¿Y si los monstruos le han matado?

–Papá no dejaría que eso pasara. Es fuerte y valiente.

–Pero hay muchos monstruos ahí fuera y papá solo es uno.

–Si algo le pasara a papá, yo sería el que saldría en busca de comida.

–Pero no tienes traje anti gravi… anti radiación, morirías tú también y yo me quedaría sola aquí dentro.

Calvin la atrajo hacia él y la abrazó.

–Ya pensaremos en eso. Papá volverá.

¿Queda algo ahí fuera?

En ocasiones Elsa parecía la mayor. Pensaba cosas que a Calvin no se le ocurrirían o que, simplemente, le aterrorizaba pensar. Si su padre faltara, no tendrían ninguna posibilidad de sobrevivir, ninguna en absoluto. Calvin rezaba a Dios que los trajera de vuelta sano y salvo, por el bien de la familia. Por la supervivencia.

La hora de acostarse estaba cerca y Clyde aún no había regresado. Calvin no quería contagiar su temor a Elsa e intentaba actuar con normalidad mientras se cepillaban los dientes. Le devolvía la sonrisa y las bromas actuando como si no estuviera de los nervios.

Una vez su hermana estuvo en la cama, Calvin cogió al lámpara de aceite y fue hasta el generador. Era el momento de sumir el refugio en la más completa oscuridad. Miró al pasillo y, como era habitual, calculó el tiempo que tardaría en regresar al dormitorio. Respiró dos veces. Apagó el interruptor y permaneció ante la puerta unos instantes de manera instintiva, esperando a que oír algún ruido del exterior. No escuchó nada. Se dirigió a su habitación en cuatro zancadas y se metió en la cama. Clyde les había avisado de que volvería tarde, no había motivo para estar nervioso. Cerró los ojos y, para su sorpresa, no tardó en quedarse dormido.

Dos horas después, Calvin despertó sobresaltado. Algo no iba bien. Tardó unos segundos en orientarse. Estiró el brazo y encontró la lámpara, la encendió y miró a la cama de al lado. Elsa lo miraba sin salir de debajo de las mantas, con los ojos clavados en los suyos, esperando una respuesta. Había ruidos extraños en el comedor, como si alguien abriera y cerrara los armarios en busca de algo.

–¿Ha vuelto papá? –quiso saber la niña.

–Claro ¿quién iba a ser si no? –Dijo con voz temblorosa mientras se calzaba las zapatillas–. Espera aquí, voy a ver qué pasa.

Cuando salió al pasillo descubrió que la luz del comedor estaba encendida. Apagó la lámpara de aceite y se acercó con precaución. Alguien estaba revolviendo armarios y cajones, caminando de un lado a otro, como si buscara algo. El corazón de Calvin latía desbocado, tañéndole en el pecho con fuerza. Sacó la cabeza lo justo para poder echar un vistazo. Respiró aliviado cuando descubrió al culpable de aquel escándalo: era su padre. Vio como estaba embutiendo hasta los topes una mochila, con latas de conservas y paquetes de arroz. Parecía tener prisa. La frente de Clyde estaba perlada de sudor y jadeaba por el esfuerzo. Tardó unos segundos en darse cuenta de que Calvin le observaba.

–¿Qué haces ahí parado? Despierta a tu hermana y vestíos con ropa de calle.

–¿Qué pasa?

–¡Cállate y haz lo que te digo! –le gritó.

Aterrorizado por los gritos, Calvin fue a toda prisa a la habitación, casi a la carrera. Su padre parecía nervioso, más de lo habitual. No, nunca antes lo había visto de aquella manera. Algo gordo había sucedido.

Elsa le esperaba en la cama, con una expresión confundida en el rostro y la esperanza de que su hermano mayor le diera respuestas.

–Vístete –le ordenó Calvin mientras él mismo buscaba algo que ponerse en el baúl.

–¿Ha venido papá?

–Sí, ponte los pantalones largos y las zapatillas, ya.

Clyde llegó hasta la puerta, sulfurado y sudando a mares.

–¿Aún estáis así? Daos prisa, joder –exigió con una mochila a rebosar a la espalda.

–¿Qué pasa, papá? –preguntó Elsa sin moverse.

Calvin conocía bien aquella expresión en la cara de su hermana. Si la respuesta de su padre no era la que esperaba, rompería a llorar.

–Me han seguido, joder, eso es lo que pasa –gritó Clyde–. Ahora vestíos, tenemos que salir de aquí.

–¿Pero…? –empezó a decir Calvin.

–Cierra la boca de una vez o te la cierro yo. ¡Venga!

Tras aquellas palabras, Clyde desapareció del umbral. Estaba irreconocible. Parecía otra persona. Alguien diferente, más violento, más nervioso, menos comprensivo. Más animal. Y ¿Qué significaba que le habían seguido? ¿Los monstruos iban a atacar el refugio?

De repente, un estruendo en la compuerta hizo temblar las paredes. Incluso cayó polvo del techo que escocía en los ojos. Algo intentaba entrar desde el exterior. Los monstruos les habían encontrado, y ahora debían escapar de ellos. Pero, escapar ¿dónde?, se peguntaba Calvin. Si lograban salir al exterior morirían por la radiación. Ellos eran tres y solo había un traje. Otro golpe contra la compuerta lo hizo salir de su ensoñación. Cogió del brazo a Elsa y salieron al comedor a la carrera. Justo en aquel momento, se oyó un crujido proveniente de la sala externa. Habían logrado entrar.

Su padre apareció con la escopeta en las manos. Era la primera vez que Calvin la veía tan de cerca. Clyde apuntaba con ella hacia la entrada, esperando a que entrara el primero.

–Meteos en la habitación, ¡ya! –les ordenó–. Estos hijos de puta no os pondrán las manos encima.

–Papá –dijo Elsa de la mano de su hermano.

Clyde ya no escuchaba a sus hijos. Parecía obnubilado, ansioso por el inevitable enfrentamiento. Plantado con la escopeta ante la puerta, gritaba cosas sin sentido mientras el sonido de cientos de pasos estaba cada vez más cerca.

–¡No os llevaréis a mis hijos, son míos! –gritño Clyde–. No permitiré que les toquéis.

Elsa lloraba. Calvin tuvo que tirar de ella para hacerle volver al dormitorio al tiempo que le susurraba palabras reconfortantes. Confiaba en que su padre les defendiera. Si no, aquel iba a ser el final. No quería ser la cena de uno de aquellos monstruos. Siempre se los había imaginado como seres peludos, grandes, con garras y dientes afilados con los que cortarte en pedacitos. Elsa no parecía tan aterrorizada como él. Tal vez porque aún no había asimilado la situación, o tal vez la había asumido y daba por hecho que el miedo no serviría de nada. A veces parecía la mayor. Calvin no podría soportar ver cómo le hacían daño. 

Se acurrucaron contra la pared, entre las dos camas, y se abrazaron en la oscuridad. A pesar de que el miedo le atenazaba los músculos, Calvin no lloraba. Se limitaba a guardar silencio, a intentar escuchar lo que sucedía en el comedor.

–Son míos. Mis hijos. No os los llevareis. Allí fuera no hay nada para ellos –oyó gritar a su padre.

El estallido de un disparo reverberó en el refugio como si hubiera caído un trueno justo en el comedor. Tras la primera detonación, hubo dos más y después todo enmudeció. Los gritos de Clyde habían cesado por completo, pero seguía habiendo un leve rumor, como si alguien estuviera moviéndose en silencio por las habitaciones.

Calvin escuchaba pasos, sin duda había alguien en el comedor. Y no iba solo. Intentaban enmascarar sus pasos caminando lentamente, procurando no hacer ruido. Calvin se imaginó a tres o cuatro criaturas reptando por el refugio, rebuscando cada habitación en busca de algo. En busca de ellos. Tal vez en aquel preciso instante estuvieran devorando el cuerpo de Clyde.

Elsa se le abrazaba con una fuerza insólita. Calvin le indicó con el dedo que guardara silencio, mientras unas finas haces de luz se movían ante la puerta del dormitorio. Los pasos se acercaban. Estaban justo allí.

Una sombra se detuvo ante la puerta. Los habían encontrado. Calvin acurrucó la cabeza de Elsa contra su hombro para que no viera a las criaturas. Solo esperaba que fuese rápido, y esperaba ser el primero en morir. Una luz le cegó cuando le dio directamente. Con los ojos entrecerrados, Calvin logró discernir los luminosos ojos verdes del monstruo que se erguía ante ellos. Nunca los imaginó con los ojos verdes, ni tan silenciosos. Esperó a que saltara sobre él con las garras por delante. Esperó a que unos dientes se le hundieran en el brazo. Pero el momento no llegó. ¿Es que se estaba recreando con la imagen de dos niños aterrorizados?

–Están aquí –escuchó que decía el ser de ojos verdes con voz rasposa. Parecía hablar a través de una almohada.

Las criaturas que deambulaban por el refugio acudieron a la llamada  y, en pocos segundos, Calvin tenía delante a cuatro de ellos. Solo llegaba a discernir sus siluetas, pero pudo ver con claridad que todos ellos tenían tres ojos verdes en el rostro. Uno de ellos le agarró por el brazo, intentando separarlo de su hermana.

–¡No! –chilló Calvin.

De poco le sirvió revolverse. Aquellos seres eran fortísimos. Los separaron y los sacaron a rastras del dormitorio entre gritos y pataleos. El tacto de su piel era rugoso, plagado de protuberancias y durezas. Cuando traspasaban el comedor, Calvin vio el cuerpo de su padre, en el suelo, tendido sobre un charco de sangre y una docena de agujeros en el pecho. Elsa pataleaba en los brazos de unos de las monstruosas criaturas y Calvin intentaba cogerle de la mano. Si lograba llegar a ella podría insuflarle ánimos, indicarle que seguía a su lado. Sin embargo, cada vez estaba más lejos de ella.

Los llevaron hasta la sala externa y más allá. Los llevaban al exterior, donde los monstruos que los tenían secuestrados les comerían. Y sino la radiación les fundiría el cerebro. No era un futuro esperanzador.

Calvin se sentía decepcionando consigo mismo. Le había fallado a su hermana. Si Clyde faltaba, él debía de actuar como el hombre de la casa. Él debería haber sabido defender a su hermana pequeña. Pero le había fallado. Por suerte, su padre no estaba allí para verle fracasar.

–Lo siento, hermanita –dijo Calvin, esperando volver a oír la voz de su hermana.

Elsa no dijo nada, mantenía los ojos cerrados y mecía la cabeza de un lado a otro en brazos de una de aquellas criaturas, como si intentara despertar de una pesadilla. Calvin también cerró los ojos, tal vez sirviera de algo. Sintió como les llevaban escaleras arriba y como el aire empezaba a oler diferente. No era el olor nauseabundo que esperaba, fue más bien todo lo contrario: Era un olor fresco y afrutado.

Los pasos de las criaturas sonaban como si estuvieran caminando sobre tierra y no sobre cemento. Aquello significaba que ya estaban fuera del refugio.

Sintió una extraña calidez sobre la piel. Se armó de valor para abrir los ojos, la curiosidad predominaba sobre cualquier otro instinto. Un potente resplandor lo cegó cuando lo hizo. Aquel extraño calor le abrasaba la cara. Había mucha luz, demasiada.

Escuchaba voces a su alrededor. Por todos lados. Nunca le había preguntado a su padre si los monstruos podían hablar, pero lograba entender el lenguaje con el que se comunicaban.

Cuando quiso volver a echar una ojeada, lo empujaron dentro de una especie de un habitáculo de asientos negros y cerraron tras él. Parecía el interior de un coche, como el de las películas. No exactamente igual, pero casi. Calvin lo identificó a los dos segundos. Al poco abrieron de nuevo por la portezuela del otro lado y metieron a Elsa. La niña seguía sin abrir los ojos, canturreando algo mientras las lágrimas se le secaban en los ojos.

–Elsa, tienes que estar tranquila ¿vale?

Tampoco recibió respuesta. Su hermana estaba en otro lugar, lejos de allí. Sabía que lo mejor era dejarla tranquila, darle tiempo, pero Calvin necesitaba escuchar la voz de Elsa o se volvería loco. Le agarró la mano y se la besó sin que ella pareciera percibirlo siquiera.

Se abrieron dos puertezuelas de la parte delantera y entraron dos de los seres. Pudo verlos con más claridad. Iban de negro y no tenían ojos ni boca, ninguna facción que pudiera calificarlos de humanos. Ya no tenían los tres ojos verdes. El rumor del motor se encendió. A Calvin le recordó al murmullo que hacía el generador del refugio, asombrosamente lo tranquilizó.

–Por fin –escuchó decir a uno de los monstruos sentado justo enfrente–. No puedo creer que los hayamos encontrado.

–Ha sido un milagro –convino el otro.

–El milagro es que sigan con vida. No puedo comprender que alguien pueda llegar a hacer algo así.

–La maldad humana, Frank. Por suerte, ya están a salvo.

–¿Maldad? Ese tipo ha tenido a dos niños recluidos desde que nacieron. La niña está escuálida, por el amor de Dios, si ni siquiera les ha dado nunca la luz del sol.

–Ahora todo volverá a la normalidad –dijo el otro mientras se quitaba algo que le cubría el rostro y se volvía hacia ellos.

Calvin pudo ver que no se trataba de un monstruo, sino de una especie de escafandra. Vio con claridad los ojos azules de un hombre normal y corriente que les miraba con cariño. En sus labios se dibujaba una sonrisa sincera y afectuosa.

–No sabéis el tiempo que llevamos buscándoos, niños. Podéis estar tranquilos, esta pesadilla se ha terminado.

–¿Dónde está papá? –dijo Elsa con un hilo de voz.

–Ese hombre no era vuestro padre, pequeña. No era más que un fanático religioso y borracho que os secuestró en un hospital al poco de que nacierais. No sé en qué condiciones habéis vivido allí abajo, pero todo volverá a la normalidad cuando os reunáis con vuestros verdaderos padres.

–Yo quiero a mi papá –chilló Elsa de repente.

–Tranquila, Elsa –le dijo su hermano–. Todo irá bien.

¿Es el sol eso que brilla en el cielo?

Calvin miró a través de la ventana del coche de la policía mientras pensaba en lo que había más allá. A lo lejos, los edificios se erguían hacia el firmamento formando una inmensa metrópolis. No había radiación en el aire, el mundo no había sido devastado y nunca hubo guerra alguna. Calvin no sabía cómo sentirse. ¿Entonces no existían los monstruos? Miraba perplejo a los hombres policías que se sentaban delante y no pudo evitar pensar en Clyde. No había más padre que Clyde, y jamás habría otro. Ese hombre valiente que los había cuidado desde que nacieron no podía ser una mala persona. Aquellos hombres estaban mintiendo.

Reparó en el silencio de su hermana y sintió miedo. Miedo al pensar que no estaban preparados para el nuevo mundo. La inmensidad de su nueva vida los engulliría como la ballena hizo con Pinocho. Tuvo miedo de ver a otras, a completos desconocidos. Le aterrorizaba abandonar el refugio. Rodeó con sus brazos a Elsa y lloraron juntos sin necesidad de hablar. No había nada que decirse, Elsa y Calvin pensaban lo mismo en ese momento.

Echaban de menos a Clyde. A su familia. Su hogar.

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